La revancha de Calderón

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Qué desconcertados deben andar algunos con el activismo político de Felipe Calderón.

Y no me refiero a los politólogos, que ya lo califican como el primer expresidente de la República que hace campaña abiertamente a favor de su partido.

Eso era algo que tarde o temprano tenía que ocurrir. Porque si a alguien ha beneficiado la pérdida de poder real que antaño tenía el Ejecutivo es a los expresidentes: su caída ya no es de tan arriba y, al menos en el caso de los últimos tres, la mayoría de la gente parece ya no aborrecerlos.

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Los más desconcertados deben ser quienes quisieron convertir a Calderón en epítome de todos los males, y para lograr su propósito, incluso, recurrieron a la calumnia, como llamarlo alcohólico.

A principios de 2011, mientras arreciaba la violencia, surgió de entre los voceros de la corrección política la campaña “No más sangre”, que pretendía culpar al gobierno federal –y, de forma específica, al presidente Calderón–, de las muertes ocurridas en el contexto de la lucha entre los cárteles por el dominio territorial y de las corporaciones de seguridad contra el propio crimen organizado.

Al mismo grupo de promotores de esa iniciativa debe atribuirse la propagación de un hashtag en las redes sociales, que exigía la salida del Presidente de la República: #RenunciaCalderón.

Dolidos por la estrecha derrota que sufrió su político favorito en las elecciones presidenciales de 2006, los malquerientes del michoacano alimentaron la esperanza de que dejara su cargo, aunque nunca lograron que el clamor bajara de Facebook y Twitter a las calles.

Sin embargo, generaron suficiente ruido mediático para que la Corte Penal Internacional recibiera una absurda demanda de juicio por “crímenes de guerra y de lesa humanidad”, con señalamientos a la política de seguridad del gobierno federal –la mal llamada “guerra de Calderón”–, misma que, incluso, ameritó una respuesta de la Cancillería.

Todo eso se hizo humo al final del sexenio. Y si bien es cierto que la elección presidencial de 2012 fue, en buena medida, una encuesta sobre el balance del sexenio, también lo es que la mayoría de los mexicanos no centran en Calderón la culpa de las desgracias que generó la violencia criminal.

Si lo hicieran, sería imposible que el expresidente anduviera del tingo al tango por la República, apoyando a candidatos del PAN y, también, tratando de recuperar su influencia en el partido que, evidentemente, se vino abajo cuando habitaba Los Pinos.

Sería imposible que lo hiciera porque experimentaría el reproche permanente de quienes gobernó. Y no se ha sabido que el expresidente haya tenido que enfrentar desaguisados como los que han conocido otros expresidentes.

Calderón es un hombre que usualmente anda sin guardaespaldas. En días recientes se le ha visto en la clase turista de vuelos comerciales e, incluso, dándose baños de pueblo en el transporte público. No falta, pues, el espacio para reclamarle algo.

¿Y qué fue del odio que trataron de sembrar en su contra los activistas e intelectuales que dicen hablar a nombre del “pueblo”? Nada. Absolutamente nada.

De ahí tampoco se puede pasar a decir que Calderón es un político admirado o querido por las masas. Pero ¿cuántos exmandatarios así hay en el mundo?

De un político se debe esperar que dé la cara por sus posiciones, que sepa optar entre lo malo y lo peor, y que no use la posición de servicio público que el electorado le confiere para su beneficio personal. Dentro de esos límites puede ubicarse a Felipe Calderón, cuyo sexenio aún tendrá que ser revisado y evaluado por los historiadores.

Sin duda, las muertes y desapariciones de personas ocurridas entre 2006 y 2012 serán una de las marcas del periodo que le tocó ser Presidente. Pero los hechos de los últimos 900 días dan cuenta de que no existe solución mágica para ese problema.

El paso del tiempo suele dar lugar a las revaloraciones y las revanchas.


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