Reconocer

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Pocos defectos hay más graves en un gobierno que no saber reconocer errores, aunque hayan sido de otros. Si algo muy grave estuvo mal hecho, el enmendarlo comienza por reconocer el error, y en lo posible, buscar que se repare el mal. No importa que éste haya sido causado por otra autoridad, o que no haya sido habido voluntad de quien pudo evitarlo.

Hace cien años, el Imperio Otomano decidió llevar a cabo el primero de los horrores del siglo XX, el genocidio armenio. Movido por razones que escapan a la razón, mandó al pueblo armenio al sacrificio. Ordenó desde su entonces capital, Constantinopla, el exilio para los armenios, quienes tuvieron que abandonar propiedades, ahorros, profesiones, y amistades; y sólo con lo puesto emprendieron el camino al destierro. Atravesaron toda Anatolia hasta llegar al desierto al norte de lo que hoy es Siria. Los que no fallecieron en su forzada marcha, hostigados por la misma guardia que los escoltaba, fueron recluidos en campos de concentración, donde murieron y fueron enterrados en fosas comunes.

Estudios revelan que fallecieron entre 1 y 2 millones de una población de unos 3 millones de armenios. Si bien la mayoría habitaba en el actual territorio de Armenia, había numerosos asentamientos en toda Anatolia y en la costa del Mediterráneo, incluyendo Constantinopla. Los armenios eran considerados como ‘minoría leal’ a pesar de ser cristianos, y en el ejército otomano llegaron a alcanzar altos rangos, pero el temor a un levantamiento por una Armenia independiente desató el genocidio.

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A pesar de cada vez son más las naciones (27 más la Unión Europea y el Vaticano) que reconocen al genocidio armenio, la actual Turquía desestima las estimaciones de los expertos y asegura que nunca hubo un intento deliberado de aniquilar a los armenios. Aduce que fueron víctimas de una guerra civil durante la I Guerra Mundial, y que nunca hubo cosa tal como un genocidio. A pesar de que en 1922-23 Kemal Ataturk llevó a cabo una «guerra de independencia» contra el Imperio Otomano y fundó la actual Turquía, el actual Presidente turco más parece un defensor del viejo régimen que el dirigente de un país que se levantó contra una cruel tiranía.

Reconocer que el viejo régimen otomano cometió una masacre es el primer paso para corregir agravios. Si la Turquía actual sigue pensando en la validez de la lucha de Atatürk contra el inicuo poder otomano, está obligado a reconocer que la masacre contra el pueblo armenio fue un genocidio. No hacerlo es considerar a la actual Turquía como continuación del régimen otomano, con todas sus consecuencias.

También en México el gobierno federal no reconoció oportunamente lo que sucedía en Guerrero. Ayotzinapa fue la gota que derramó el vaso, y su tardanza para condenar y aclarar la desaparición de los 43 normalistas, seguirá en su conciencia hasta que no convenza.


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