La otra cara de la moneda

0
190

Mucho se ha dicho de secuestros, desapariciones y asesinatos acaecidos en la última década de México, narrándose frecuentemente la saña y brutalidad de los sicarios.

La sociedad pasó del sobresalto y el horror a una sensación de miedo, aceptando lo cotidiano como doloroso pero inevitable. Esto ha sido posible porque —descontado un reducido número de periodistas, políticos y empresarios— la casi totalidad de las víctimas ha sido de pobres y, por ello, poco importan sus destinos; menos aún el de policías, soldados y marinos caídos en enfrentamientos o emboscadas.

Los gobiernos han dedicado todo el tiempo, dinero y esfuerzo imaginables para reducir la violencia, pero más allá de cifras reales o manipuladas la metástasis criminal avanza en el cuerpo social.

-Publicidad-

Y hay que repetirlo, aunque se incomoden las “buenas conciencias” de muchos políticos y algunos empresarios: no habría tantos delitos de sangre si no estuvieran precedidos de tantos delitos de dinero. ¿Por qué? Porque en un país grande y rico como México, vecino del más poderoso de la Tierra, solo pueden causar la postración y miseria de docenas de millones de seres humanos el egoísmo y la deshonestidad que amalgaman a unos que detentan poder, con otros que tienen dinero, quedando ambos ricos y poderosos.

Esta es la otra cara de la moneda que debemos mirar si de verdad queremos evitar sangre, tumbas clandestinas y cuerpos calcinados.

De poco servirá permitir cierto tráfico y consumo de drogas —sobre todo si Estados Unidos las legaliza— o tratar de “limpiar” al país de “grupos subversivos”, mientras haya millones sin educación, trabajo y sustento.

¿No es elocuente el origen socio-económico y cultural de los enganchados en organizaciones delincuenciales, y el de normalistas llevados a robar camiones, asaltar comercios y vandalizar? ¿Será suficiente decir que miles de maestros, con ideologías caducas, tratan de emular al Che Guevara, y se han convertido en pequeños Nerones o Atilas al incendiar, golpear y matar a discreción? ¿Bastará con tenerlos por criminales y reprimirlos? Lo señalado anteriormente lleva a concluir que la solución implica tomar en cuenta la otra cara de la moneda: el mundo político y el empresarial.

Continuar la lucha contra la delincuencia es obligado, pero solamente pacificaremos al país si se logra un compromiso, eficaz y verificable, de los hombres del dinero con las autoridades establecidas, en el que, sometidos a la ley, emprendan una gran cruzada nacional para arrancar de la ignorancia y la pobreza a quienes no tienen más opción que la violencia en las montañas, o el crimen callejero.

Es verdad que hijos de capos y caciquillos quedan frecuentemente atrapados en las actividades de sus padres, pero preguntémonos por qué ningún hijo de rico se afilia, por ideología o interés, a organizaciones “revolucionarias”. La respuesta es evidente: el odio y la violencia de los débiles no se daría sin el egoísmo y la violencia de los fuertes. Quienes tenemos más, estamos mayormente obligados.


There is no ads to display, Please add some

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí