La nueva relación con la policía capitalina

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El nuevo Reglamento de Tránsito en la Ciudad de México ha generado todo lo que se supone que no debería generar: coraje y desconfianza con la autoridad.

Por supuesto que en esta ciudad, como lo vimos en el corredor Chapultepec, la gente quiere beneficios de todo tipo, pero no está dispuesta a ceder en nada. Los chilangos queremos las comodidades y los beneficios de la modernidad y la vanguardia, siempre y cuando no pasen por nuestra calle.

Se quieren bares hasta altas horas de la noche, pero que no sean atrás del edificio de uno porque entonces se exige que se cierren a las 10. Se exigen bicicletas, pero no se quieren reglamentos para los bicicletos: lo mismo van sobre las banquetas que en los carriles centrales. Se exigen lugares de esparcimiento, pero se hacen manifestaciones para cancelar los proyectos para realizarlos. Así somos.

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Es un hecho, por ejemplo, que el alcoholímetro pudo causar algunas molestias al principio, pero todos inmediatamente comprendíamos el beneficio. El beneficio se pudo percibir cuando fue aplicado sin miramientos a todos los ciudadanos. Se trata de un programa que ante los ojos de la población es insobornable y hay que acatarlo. Esto significa que no somos refractarios a las reglas, pero es trabajo de la autoridad explicar bien los beneficios y resolver las dudas que tengan los ciudadanos, lo cual no ha sucedido.

El nuevo reglamento, con su gran variedad de penas y sinsentidos, es percibido como una forma más de cargarle la mano a los ciudadanos, esquilmarlos y darles recursos al gobierno capitalino para sus gastos electorales. Hay la percepción de que cada mañana saldrá una jauría dispuesta a vaciar los bolsillos ciudadanos. Eso además de las infracciones electrónicas que serán tan difícil de reclamar que se terminarán pagando. Se trata de imponer ciertas normas de urbanidad al tiempo que el respeto a límites de velocidad sorprendentes en ciertas avenidas o tener las dos manos en el volante. Uno entiende que se debe adecuar a las nuevos tiempos que traen nuevas normas, pero han puesto verdaderos absurdos y ridículos. Apenas comenzó y ya está entre nosotros ese viejo paisaje que hacía tiempo no veíamos: policías deteniendo a diestra y siniestra a automovilistas.

La sensatez debe ser parte de la autoridad y de las reglas, porque otro problema son los que van a aplicar la normatividad. El gobierno capitalino ha logrado revivir la desconfianza en la policía que históricamente tiene la población, de un solo golpe. Ha convertido la relación policía-ciudadano en hechos de agravio, en una mentada de madre. Todo un logro de gobierno.


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