La normalización de la tragedia

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Indignante que a pesar de llevar más de tres años en funciones, desde el gobierno pretendan seguir culpando de todo al pasado.

Tal parece que ya nada nos sorprende. Prácticamente todos los días se dan a conocer hechos muy lamentables que como sociedad nos deberían conmover o indignar, sin embargo, nos hemos ido acostumbrando sin apenas reparar en ello para seguir con nuestras actividades cotidianas como si nada pasara. Poca atención se presta a los reportes de defunciones diarias por covid -igual si son 200 0 400- o que, en estos casi dos años, más de 600 mil personas han perdida la vida por la pandemia si tomamos en cuenta los datos por exceso de mortalidad.

Permanecemos impasibles ante los más de 100 mil homicidios dolosos que se han cometido en nuestro país durante estos últimos tres años, las 26 mil personas desaparecidas, los 10 feminicidios diarios, o las ejecuciones en plena vía pública. Tan sólo en las primeras semanas de este año se han asesinado a tres periodistas que habían recibido amenazas -incluso la periodista Lourdes Maldonado, asesinada en Tijuana hace unos días, lo hizo del conocimiento del presidente López Obrador, pero se le abandonó a su suerte-, con lo que suman 54 en lo que va de este sexenio convirtiéndonos en uno de los países más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, además de 68 defensores de derechos humanos de acuerdo con datos de la Secretaría de Gobernación.

También debe preocuparnos la indiferencia del gobierno y el silencio de buena parte de la sociedad ante el descubrimiento de redes de violencia sexual infantil en escuelas de por lo menos 10 entidades, el desabasto de medicamentos para niñas y niños con cáncer, o que desde el poder se proteja a personajes acusados por agresiones sexuales contra mujeres como Félix Salgado y Pedro Salmerón.

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Cada vez con mayor frecuencia nos enteramos de actos atroces que lamentablemente se han ido normalizando, como el hombre que fue levantado por sujetos armados en Guadalajara y encerrado sin comida ni agua en una alcantarilla de más de dos metros con el propósito de que muriera por inanición. Afortunadamente logró pedir auxilio y fue rescatado a los 5 días, y en el lugar se encontraron restos humanos por lo que no había sido la primera vez que algo así sucedía.

Otro hecho insólito propio de una película de terror es el caso de Tadeo, un bebé de tres meses que falleció por problemas gastrointestinales y fue enterrado en el panteón civil de Iztapalapa. Sin embargo, unos días después, un interno del penal de San Miguel en Puebla encontró su cuerpo embalsamado en un contenedor de basura, y se le pudo identificar por una pulserita que tenía en la muñeca con sus apellidos.

Todavía quedan muchas preguntas por resolver pues, aunque ya se comprobó que efectivamente se trataba de Tadeo cuyo cuerpo fue sacado clandestinamente de su tumba para llevarlo a esta cárcel poblana, aún no se sabe cómo pudieron meter un cadáver a un lugar supuestamente tan vigilado con varios filtros de seguridad sin que nadie se diera cuenta y sobre todo, quiénes están detrás y con qué propósito -se ha especulado que para meter droga en el cuerpo o para trabajos de santería-, pero es un hecho que se trata de una amplia red de corrupción.

Es probable que esta tenebrosa historia hubiera pasado desapercibida -como tantas otras- si no es por el compromiso y la tenacidad de la activista Saskia Niño de Rivera y su fundación Reinserta, pero en vez de reconocimiento a su trabajo, así como de las y los periodistas que contribuyeron a darle visibilidad, lo que recibieron fueron amenazas por parte del gobernador Barbosa. Al parecer también fueron amenazados los familiares del pequeño Tadeo en el panteón de Iztapalapa. No sólo debería indignarnos que sucedan cosas así en nuestro país generalmente con total impunidad, sino que la CNDH se lave las manos y las autoridades de los distintos niveles de gobierno nunca asuman ninguna responsabilidad y, a pesar de llevar más de tres años en funciones, pretendan seguir culpando de todo al pasado. Es muy grave que sigamos normalizando la tragedia, así como la corrupción, la negligencia y la impunidad.


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