El rollo no mata, pero envenena

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Las palabras también son armas. Antes de que se las lleve el viento pueden hacerle daño a quienes las escuchan o engendrar y alimentar resentimiento, rencor, indignación, entre otras emociones que presagian violencia. Por eso es correcto atemperarlas y no se diga cuando se pronuncian desde el poder político, pues éste tiene entre sus obligaciones procurar armonía en una sociedad plural y diversa. Pero en México el gobernante es quien promueve el encono de manera reiterada y sistemática, una hýbris que en otras latitudes ha traído terribles consecuencias.

La perorata es el actual estilo personal de gobernar y los dichos mañaneros suplantan datos y hechos. El sector público muestra preocupantes signos de atrofia, pero el discurso presidencial no tiene freno, límite ni asidero fuera de sí mismo. Lo único que importa es comunicar, así sea una realidad ficticia, llena de mentiras y afirmaciones sin posibilidad de comprobarse. Creerla no es opción, es lo único moralmente aceptable. Quien la contradice es inmediatamente intimidado con el escarnio, en el mejor de los casos, y con amenaza de persecución por parte del SAT, FGR o UIF en el peor.

La ideología oficial no necesita resultados, basta que el líder decrete su verdad maniquea, sea replicada por los creyentes y sirva de espada contra quienes resisten. Eres amigo o enemigo, no hay más. La neutralidad está proscrita, es la forma embozada con la que simulan los adversarios y, por lo mismo, quienes así se asuman deben ser denunciados y tratados igualmente como enemigos. Lo mismo sucede con las instituciones. Están para servir al Presidente y sus intereses, por lo que aquellas que gozan de autonomía constitucional son hostigadas y deben desaparecer, a menos que el Ejecutivo logre capturarlas.

El populismo de la 4T no se ha consolidado como régimen de hegemonía de un solo grupo porque la distancia entre la narrativa épica de la cuarta transformación y la realidad que viven hoy los mexicanos es inmensa, lo que puede pesar en las urnas que están por establecer la nueva correlación de fuerzas que determinará si la situación política surgida en 2018 se vuelve estructural o se revierte parcialmente. Ésa es la trascendencia de las elecciones en curso.

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A Andrés Manuel López Obrador le faltó la fortuna de Hugo Chávez, quien aprovechó los excedentes millonarios del boom petrolero para ampliar sus clientelas electorales y generar percepción de bienestar y progreso en sus primeros años. Cuando terminó la jauja y empezaron a pagar los irresponsables excesos, el autoritarismo ya estaba implantado y los ciudadanos libres poco pudieron hacer. También le faltó a nuestro mandatario el pragmatismo económico de Evo Morales, quien hizo a un lado dogmas que tenía como opositor y logró índices de crecimiento mayores al 4%, lo que contribuyó a fortalecer su control político. En contraste, AMLO se dio un balazo en el pie desde antes de asumir el cargo al cancelar el nuevo aeropuerto en Texcoco.

El actual régimen pretende que la gente ponga sus crecientes penurias detrás de la ideología. Para ello les urge imponer como única verdad la que sale de los labios del Presidente. Es sintomático y preocupante que López Obrador haya mandado una nota diplomática al gobierno de Estados Unidos para que USAID deje de financiar a una organización civil sin fines de lucro que combate la corrupción desde el sexenio anterior. Ahora resulta que revelar malos manejos de la 4T es pertenecer a la oposición y la pena es tratar de cerrarla por falta de fondos.

En ese sentido, también preocupan los ataques contra periodistas e intelectuales. La semana pasada tocó a Ciro Gómez Leyva, Joaquín López Dóriga, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín y María Amparo Casar. Y también a ciudadanos por ejercer sus derechos, como Claudio X González y Gustavo de Hoyos. Eso se llama abuso de poder.

Pero lo más preocupante y peligroso de la inagotable demagogia presidencial es la agudización de la polarización por diferencias ideológicas. El odio es materia inflamable que puede salirse de control. Vencer electoralmente al populismo es más fácil que reconciliar al país. Pero entre más tarde en ocurrir lo primero será más difícil lograr lo segundo.


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