La llamada

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Por: Juan Ignacio Zavala

Problemas en la familia. La maledicencia se ha metido hasta la sala de la casa. El padre se jala los pelos; ¿por qué así?, se pregunta, ¿por qué a mí, por qué esto, Dioj mío? –dice en un soliloquio– Ya sabía que esto no nos iba a deparar nada bueno. ¡Cuarenta años aguantando, cuarenta! Uno de los hijos lo ve desde un rincón y le comenta al otro, “chale, ora sí el bodoque nos metió en problemas”. El papá continúa: “Pinchi Loret de Mola. Es muy conservador, maldito yucateco. Siempre nos odiaron a los de Tabasco, nos veían para abajo. Se sienten de la casta divina del sur y comen cosas bien raras, que si el relleno negro o tienen esa madre de mubik pollo asqueroso, es de que desde ahí están mal. Pero ora sí me la pagan, esto no se queda así”. En eso suena el teléfono.

-Hola pá, ¿cómo están?

-Bien, hijo, tú qué tal. Aquí, aguantando la madriza.

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-Sí, me imagino. Hasta acá me enteré, jaja.

-No sé qué le ves de risa. Pero es de que qué haces, carajo.

-Pus no hago nada.

-Pus ése es el problema. O sea, de que no tienes trabajo. No sé dónde viste eso. Ok, no me contestes.

-Es de que a Carolyn le va muy bien, tons yo pa qué. Digo, qué hueva, jefe. Aquí hay alberca y eso…

-¿Quién es Carolyn? Ah, sí, la señora…

-Ella se ocupa de todo. Aquí es otro país, eso no importa.

-Pus yo ya dije de que la señora Carolyn tiene dinero. Por eso no me gusta el extranjero, agarran otras mañas; o sea, se malean.

-¿Y cuál es el problema? ¿Quieres que venda los chocolates en las Galerías como si fueran morelianas en la Tapo? Chocolates, chocolates. Llévelo, llévelo. Eso no se puede.

-Sería bueno que te consiguieras un trabajo. No sé, tienes cuarenta años, a la mejor es momento…

-Pues yo estaría allá normal, pero no se puede hacer nada; o sea, ni modo que me hagas secretario o algo así. Si quieres le puedo hablar al tío Danny, ya ves que él nos arregla todo. Que no hay dónde vender los chocolates… en sus hoteles; que no tenemos pal traje, el tío Danny; que hay que hacer un viaje, el tío Danny…

-Ah, sí, gran benefactor, totalmente desinteresado, una gran conciencia revolucionaria. ¿Ya le dicen tío?

-Es de cariño. Pero él me puede dar un trabajo acá.

-¿De qué o qué?

-De lo que sea, ¿no? Digo, el asunto es que nos dejen de molestar.

-Pues sí habla con él. Pero que sea algo creíble. ¿Tú qué estudiastesss?

-Abogado, papá.

-Ándale, algo así pero allá, o sea de que haces lo de siempre, pero que te casastesss con la señora Carolyn.

-Ok, jefe, así le hago.

-Yo mientras pido cuánto gana Loret y eso.

-¿Y eso para qué?

-Eso ya no es tu asunto y sí tiene qué ver. Tú no hagas nada o sigue sin hacer nada.

-Ok, pa.

El padre cuelga el teléfono. La mirada vidriosa lo delata. Algo está pensando, pues sonríe malévolamente mientras sostiene en la mano un busto de Benito Juárez. “Ayúdame, Benemérito, que esta calumnia no quede impune. No dejes que los conservadores hagan de las suyas, no nos regreses a la noche neoliberal. Ilumíname para acabar con ellos, Benito, te lo ruego”.

Esta historia continuará.


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