sábado, mayo 16, 2026
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La entrega de los exfuncionarios de Sinaloa: La carrera por cooperar con Estados Unidos

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Un clima espeso de sospecha, paranoia y miedo se ha apoderado de muchos círculos de poder dentro de Morena. En las oficinas, en las conversaciones privadas y en las noches de insomnio, la misma pregunta atormenta a más de uno: ¿Ya hablaron de mí? ¿Cuánto saben? ¿Debería adelantarme antes de que sea demasiado tarde?

La reciente entrega voluntaria a las autoridades estadounidenses de Enrique Díaz Vega y Gerardo Mérida Sánchez, exfuncionarios cercanos a Rubén Rocha Moya, no fue un acto de arrepentimiento moral. Fue una decisión fría y calculada: buscar salvarse antes de que el cerco se cerrara del todo.

En el sistema judicial de Estados Unidos, cuando alguien de alto nivel se entrega, casi siempre lo hace porque entiende una verdad brutal: es mejor negociar cuando todavía tienes algo que ofrecer. Quienes esperan demasiado terminan sin cartas con las que jugar.

La encrucijada psicológica

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Para muchos que aún no han sido señalados públicamente, ha llegado el momento de una meditación incómoda y profunda. Deben mirarse al espejo y hacerse una pregunta que pocos quieren responder con honestidad:

  • ¿Mis actos son lo suficientemente graves como para que valga la pena entregarme ahora?

•⁠ ⁠¿Solo fueron “favores políticos” o ya cruzaron la línea del delito?

•⁠ ⁠¿Lo que hicieron fue tan grave que las autoridades estadounidenses ya tienen su nombre?

•⁠ ⁠¿Vale la pena arriesgarse a esperar, con la posibilidad de que otro hable primero y los deje sin margen de negociación?

Esta es una decisión existencial. Porque en estos casos, el que llega primero suele obtener la mejor salida. El que llega tarde, suele convertirse en el ejemplo.

Muchos deben estar viviendo noches de ansiedad, pesando sus pecados, calculando riesgos, preguntándose si su nombre ya está en alguna carpeta en Washington. El silencio puede ser cómodo hoy, pero mañana puede ser carísimo.

Implicaciones para Morena

Cada nueva entrega o testimonio no solo aumenta la presión jurídica, sino que alimenta un clima interno de desconfianza y terror. Nadie sabe quién será el siguiente en romper el pacto de silencio. Nadie sabe qué tan larga es la lista que ya tienen los estadounidenses.

El tiempo ya no está del lado de los involucrados. En este tipo de procesos, el que llega primero a la fiscalía estadounidense suele ser el que mejor sale librado.

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