La doble personalidad de México

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Estos éxitos virtuosos conviven con vicios y defectos que pueden ser arrasadoramente negativos.

Sobran ejemplos de ambos cuando examinamos el comportamiento de nuestro país.

A diario aparecen los contrastes mexicanos. Al lado de maravillosas expresiones de nuestros artistas y del reconocimiento mundial que reciben, brotan los incontables horrores de los crímenes de innumerables violaciones de vidas, dignidad y derechos humanos que nos colocan en los renglones más bajos de la estima mundial.

Nuestras dos personalidades nos hacen famosos: brillantez cultural, éxito en el comercio internacional, trabajadores productivos y eficientes, y medallas deportivas. Sin embargo, las lacerantes realidades domésticas nos dejan en los peldaños más bajos de la civilización.

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La corrupción rampante y la impunidad que la acompaña son la imagen que se ha extendido de nosotros en todo el mundo. Aquí, en casa, es lo que marca nuestra vida diaria. Las nobles virtudes del carácter mexicano han quedado sumergidas en el ambiente de escepticismo y desconfianza.

La doble personalidad de México se exhibe en el contraste entre la sólida marcha de la actividad económica nacional y la ineptitud y falta de seriedad que han venido a caracterizar al poder público en todos sus niveles y en todas las regiones del país.

La insuficiencia de los Poderes Judicial, Ejecutivo y Legislativo se potencia con la corrupción que esteriliza cualquier proyecto público. El gobierno repite promesas sin posibilidades de cumplimiento y anuncia programas sociales que arraigan brechas; da manga ancha a los jueces y ministerios públicos para continuar sus tortuosidades.

Las negligencias y engaños de la partidocracia son cosa bien conocida y, por lo mismo, menos y menos se toman en cuenta.

La situación se agudiza en el sexenio actual. La falta de planes entendibles y las vacilaciones de los funcionarios y políticos forman una opaca valla que frena el progreso económico y social. El mal cunde y se transforma en falta de respeto y confianza hacia la autoridad. Como resultado, el grueso de la población mejor se dedica a trabajar, producir y atender sus necesidades sin querer saber ya de la política.

México marcha en dos sentidos contrarios. Las cifras lo dicen. Pese a obstáculos internos, el PNB ha logrado crecer a un modesto ritmo de 2%, abriéndose paso en la maleza del entorno externo, recesiones económicas y caídas del mercado petrolero. Mientras tanto, los índices de popularidad y aprecio de los políticos de primer nivel van en caída libre. Las encuestas actuales ya sitúan la popularidad del Presidente en poco más de  20 por ciento.

En el doble escenario en que actuamos, la confiabilidad de las instituciones públicas se ha perdido y los ciudadanos saben que el apoyo mayor del gobierno se dirige a las empresas y consorcios favorecidos por un estrecho grupo en el poder.

Por eso, el ciudadano deja a un lado los burocráticos apoyos oficiales para confiar más en su esfuerzo propio, en el que se respeta el valor del trabajo serio y constante. El particular se ha echado sobre sus espaldas la tarea de impulsar el desarrollo económico del país, ateniéndose a sus propias fuerzas y recursos, y sin temer los retos que por sí solo tiene que resolver.

La actividad económica sigue de frente. Los actores aprenden a asimilar los costos del sistema político dentro de su operación.

No sólo hablemos, empero, de economía y desarrollo. La dualidad tiene otra faceta. El tinglado político oscila dentro del escenario dual de imposición oficial versus el voto razonado del ciudadano. Los comicios de este año muestran un electorado que no siempre seguirá los dictados tradicionales.

Las elecciones de 2018 serán distintas a las de sexenios anteriores. En la mayoría de países, los parámetros sociales están cambiando. En México también.

México madura y se moderniza por una parte, pero en la otra sigue estancado. La tarea está en coordinarnos para, por fin, actuar juntos.


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