La arrogancia

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Quizá uno de los defectos más irritantes de este gobierno es la arrogancia. Amparados en el poder que tienen, se comportan como si estuvieran llenos de logros y reconocimientos. Se desplazan con una satisfacción que, alarmantemente, no parece fingida. La preocupación, la humildad, la sensatez, son palabras que no están en su diccionario. Van algunos ejemplos de esta semana.

Hace apenas unas semanas el presidente Peña pidió una disculpa pública por la mala percepción que se había generado por escándalos de corrupción que incluían «al titular del Ejecutivo». Se entiende que se refiere al conflicto de intereses en el que participó la constructora Higa.

También se refirió a otros casos de corrupción entre los cuales uno de los más escandalosos es el de otra constructora: la española OHL. En el momento pareció absolutamente insuficiente, aunque había que aceptar la disculpa del Presidente, no había por qué no creerle. Pero o el presidente no fue sincero en su disculpa o algunos en su equipo les importa un pepino la palabra presidencial. No se puede explicar de otra manera la presencia de los señores representantes de Higa y de OHL en el informe. Lo mismo hay que decir de la presencia en el evento de David Korenfeld. La aparición de estos señores en el evento presidencial es una burla y una afrenta. Alguien quiere mandar una clara señal: el presidente sí tiene amigos, muchos, y trabajan para él.

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La insolencia es parte del quehacer cotidiano de este gobierno. El señor Alfredo Castillo, un policía que no se cansa de hacer daño donde lo coloca el Presidente, está ahora al mando del deporte. El nombramiento puede obedecer a que al tipo le gusta jugar tenis —a lo cual dedicó mucho tiempo en Michoacán— y a que su ídolo es Pep Guardiola. Apenas llegó, el escándalo se apoderó del deporte. Pronto nos enteramos que los deportistas eran obligados a usar determinada ropa sin importar el desempeño con la misma. Primero el negocio. En estos días «el poli Castillo» la emprendió ni más ni menos que contra la arquera Aída Román, medallista olímpica y considerada la mejor del mundo en 2014 en su especialidad. «Nos ataca como si fuéramos delincuentes, como si nos estuviéramos robando su dinero» —se queja la medallista (Proceso #2027 )—. Para Castillo, la atleta «le queda a deber a México» y «necesita humildad para aprender de los expertos». De ese tamaño la estupidez y la arrogancia del señor. Aída Román nos dio la satisfacción nacional —esa sí— de verle ganar una medalla de plata en las olimpiadas. Castillo acumula fracasos que, paradójicamente, alimentan su prepotencia.

Y qué decir de aquel que dijo que su trabajo era «verdad histórica». Ayer resultó que ni tan verdad ni tan histórica. Pero ni eso les quita la arrogancia con que gobiernan, el orgullo de su ignorancia, la presunción de su necedad.


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