Exgobernadores

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A menudo me preguntan amigos extranjeros cómo le hizo el PRI para sobrevivir a 12 años en la oposición y mantenerse, hasta hoy, como la principal fuerza política del país, siendo que en otras latitudes muchos antiguos partidos de Estado son irrelevantes o incluso desaparecieron.

Yo respondo, sin dudarlo, que eso ha sido gracias a sus gobernadores y exgobernadores.

No debe extrañar que uno de ellos haya encabezado el regreso del PRI a Los Pinos.

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El tricolor se atrincheró en los estados y el Congreso y esperó a que pasara la era glacial.

Quienes lo mantuvieron activo y evitaron que se congelara fueron gobernadores y exgobernadores.

Hoy, de vuelta en la Presidencia, el PRI no ha perdido esa práctica: meterlos a la cancha a jugar.

En el gabinete hay seis de ellos; en la bancada del PRI en el Senado, siete; en la de la Cámara de Diputados, dos (originalmente tres), incluyendo al coordinador de la fracción.

En la dirigencia del PRI, el presidente y la secretaria general son exgobernadores, y ambos serán ahora diputados federales.

Este año de elecciones, el PRI también tiene operando a exgobernadores como delegados partidistas en Michoacán, Oaxaca, Puebla, San Luis Potosí, Colima, Guerrero, Sinaloa, Quintana Roo y el Distrito Federal.

Hay quien piensa que es nueva la costumbre de integrar a los exgobernadores a la nomenklatura del PRI, pero no es así: basta tomar en cuenta que 12 de los últimos 20 dirigentes nacionales del PRI (de 1982 a la fecha) han sido exmandatarios estatales.

Hay quien opina que el PRI ha construido una cofradía mafiosa con sus exgobernadores y quien cree que más bien se trata de una hermandad ideológica, pero lo cierto es que esa estructura es, en buena medida, la explicación de que el PRI no se haya desmoronado después de perder el poder en 2000.

Los exgobernadores son personajes con abundante experiencia política y amplia capacidad de interlocución y maniobra. Y son muy pocos los que han salido del partido después de haber sido elegidos gobernadores bajo sus siglas. Los casos más conspicuos son los de Cuauhtémoc Cárdenas, Manuel Bartlett y Diódoro Carrasco.

En esa práctica, el PRI contrasta fuertemente con el PAN y el PRD.

No faltan exgobernadores en esos partidos, 26 años después de que fue elegido el primer mandatario estatal no priista. Sin embargo, el papel que dan a los exgobernadores en esos partidos no es, de lejos, el que da el PRI a los suyos.

Podemos comenzar por el caso más reciente: el PAN acaba de expulsar de manera fulminante de sus filas al exgobernador jalisciense Emilio González Márquez, quien por un tiempo, incluso, aspiró a la candidatura presidencial en 2012.

Son más de 20 los hombres vivos que llegaron a una gubernatura vía las siglas PAN y muy pocos los que son aprovechados por su partido.

Algunos de ellos ya ni siquiera están en el PAN, como Vicente Fox, Fernando Elizondo, Armando Reynoso y, ahora, Emilio González.

Pocos han seguido haciendo política a nivel nacional, como los guanajuatenses Carlos Medina Plascencia y Juan Manuel Oliva, y los senadores Ernesto Ruffo y Juan Carlos Romero Hicks. El PAN nunca ha tenido como jefe nacional a un exgobernador. Dos lo intentaron, pero no lo lograron.

El talento y conocimiento de los exmandatarios estatales también se desperdicia en el PRD.

De los cinco políticos que han gobernado el principal bastión perredista, el Distrito Federal, ninguno está ya en el partido.

Fuera están también los sudcalifornianos Leonel Cota –exdirigente nacional– y Narciso Agúndez. Asimismo, el tlaxcalteca Alfonso Sánchez Anaya, el zacatecano Ricardo Monreal y los guerrerenses Zeferino Torreblanca y Ángel Aguirre.

Alejados del partido están los michoacanos Lázaro Cárdenas Batel y Leonel Godoy.

Es más fácil decir quién queda: Amalia García, líder de Foro Nuevo Sol, una corriente interna del PRD.

Más allá de razones para mantener activos a los exgobernadores y los perfiles de cada uno de ellos, el PRI ha sabido explotar la capacidad y conexiones de los suyos o, cuando menos, tenerlos activos.

En cambio, a un panista o perredista que llega a gobernador le espera, casi seguro, el ostracismo o el exilio político.


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