Es muy fea y cada día se pone peor…(1)

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Cualquier gobierno con un poquito de sensibilidad la combate con denuedo, porque su presencia exhibe que no están haciendo lo adecuado para derrotarla. Es la manifestación de que las políticas implementadas para hacerle frente, NO DAN resultados.

Hoy día en nuestro País los pobres han aumentado en lugar de disminuir. Son datos de la Coneval. De 53.3 millones de pobres que había en 2012 aumento a 55.3 millones en 2014.

Los expertos en el tema al concluir su análisis de los datos publicados por la Coneval, entre ellos, Fernando Cortés, economista del Colegio de México, dice que nuestro País es uno de los más desiguales del mundo, por ingresos. El investigador del CIDE, John Scott, coincide con Cortés y señala que es necesario aumentar la productividad y mejorar la rendición de cuentas en las entidades federativas para que la lucha contra la pobreza y los programas destinados a combatirla tengan mayor impacto.

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El núcleo central de la ideología en que se sustenta la acción pública en los más diversos ámbitos de su responsabilidades, y particularmente en aquellas tendientes a erradicar la pobreza en sectores importantes de la población, es el principio de subsidiariedad del Estado, que estriba en asumir aquellas responsabilidades que los particulares u otras sociedades intermedias no pueden desempeñar.

Hay dos valores sociales considerados insoslayables para la plena realización de las personas: la libertad individual y la igualdad de oportunidades, por ello se justifica la existencia de un estado subsidiario, no intervencionista, sólo subsidiario. La libertad individual en el ámbito social se entiende, simplemente, como el derecho que tiene cada persona para elegir libremente en el mercado, según sus preferencias, los bienes y/o servicios que requiere, sin ser coartada por el Estado ni por cualquier otro agente externo, llámense grupos de poder, burocracia o partidos políticos.

Para que en el seno de la sociedad se ejerza a plenitud la libertad individual y haya igualdad de oportunidades, es necesario que toda la población esté en condiciones de satisfacer, aunque sea en un nivel mínimo, sus necesidades básicas, verbi gratia, el alimento, la vivienda, la salud. De no ser así, están inhabilitadas para participar en el mercado, porque no pueden ejercer su libertad individual ni tampoco tienen igualdad de oportunidades. Solo cuando esto no es factible, es cuando se justifica la participación del estado subsidiario, como un ente que asegura a quienes no pueden por si mismos, acceder a los bienes y servicios que les son indispensables para superar sus necesidades más agudas. Alcanzado este objetivo, las desigualdades que subsistan, tendrán que ser solventadas por las capacidades y el esfuerzo de cada uno.

Partiendo de esta concepción, se entiende que el postulado de que la política social del estado estriba en minimizar el tamaño de sus funciones sociales, pero generando una serie de condiciones que le permitan al pequeño -en términos de acceso a bienes y servicios- crecer y volverse AUTOSUFICIENTE.

Pero esa AUTOSUFICIENCIA es precisamente la que no se ha alcanzado. Pareciera que ese no es el objetivo, sino todo lo contrario. Es decir, fomentar ad perpetuam la dependencia de “papá gobierno”, por así convenir a los intereses de éste.

Hay una práctica insana por parte de quienes han ejercido el poder por largas décadas, y vueltos a ejercerlo en los mismos términos, no obstante la alternancia de dos sexenios de extracción panista, porque, como bien apuntaba don Daniel Cosío Villegas, es la cultura, la idiosincracia generada por el priísmo en los muchos años que gobernó México, la que va a ser más difícil de erradicar.

Y no se equivocó el estudioso más completo del fenómeno priísta, con esta aseveración. Los pobres de México lo son por generaciones, nacen pobres, crecen pobres y se mueren pobres, convencidos de que así les tocó ser. Es público y sabido cómo se “maneja” su pobreza. Se les da a cuenta gotas el recurso asistencial, se les acostumbró a ser tratados como si todo el tiempo fueran menores de edad. Incluso hay quienes se niegan a rechazar la dádiva porque han hecho de esta condición su “modus vivendi”. Esta es la peor perversión del sistema. Se niegan a cruzar a la otra orilla, rechazan la sola idea.


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