Órale, qué nivel de desfachatez. Marcelo Ebrard, ahora secretario de Economía, suelta sin sonrojarse que no ve nada malo en que su hijo se haya quedado seis meses en la embajada de México en Londres, como si fuera hotel cinco estrellas con cocinera, lavandería y todo pagado por el erario. “Fue un ofrecimiento”, dice el hombre, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum, a su lado, ni chista. Ni un “con todo respeto, Marcelo, eso no se hace”. Silencio cómplice total.
Imagínense: mientras los mexicanos apretábamos el cinturón en plena pandemia, el junior del entonces canciller vivía de gorra en residencia diplomática, con todos los servicios incluidos. Ebrard defiende que no hubo uso indebido de recursos públicos. Pues claro, si el chamaco no pagó ni un quinto, ¿de dónde salía la lana para mantenerlo? ¿Del sueldo de los contribuyentes o de la generosidad repentina de la diplomacia mexicana? Qué casualidad que el “ofrecimiento” haya durado medio año exacto.
Y como si eso no bastara para sacar ronchas, la misma presidenta Sheinbaum, de gira por España, se pone a ondear un cartel que dice “Cristina libre”. Sí, la mismísima Cristina Fernández de Kirchner, a quien la Corte Suprema argentina le ratificó el año pasado seis años de prisión e inhabilitación perpetua por administración fraudulenta en perjuicio del Estado. Obras públicas entregadas de manera irregular a un amigo, según la justicia. Pero para doña Claudia eso es “un asunto de opinión”, no un asunto de ley.
Ahí está el detalle: cuando la justicia les conviene, es sagrada; cuando condena a sus aliados ideológicos, se vuelve “persecución política”. La presidenta de México viajando por Europa a defender a una condenada por corrupción mientras en casa hace la vista gorda al uso privado de bienes públicos. Qué bonito ejemplo de coherencia.
Al final, uno termina preguntándose si en este gobierno la regla es “haz lo que yo digo, no lo que yo permito”. Embajada convertida en posada familiar y justicia convertida en porra. Todo muy de Morena, muy de “no pasa nada”. Mientras tanto, el pueblo sigue pagando la fiesta ajena.
Qué tiempos, compadre. De votos y otros políticos nonsanctos.































