El Presidente y su gabinete

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Pocas decisiones pintan mejor a un presidente que la integración de su gabinete. El primer acto de gobierno; la facultad exclusiva para calibrar la potencia decisoria; el látigo personal para disciplinar a su régimen. En la conformación de su equipo de trabajo, el presidente desdobla su capacidad de poder. Elige a la tripulación que orienta las velas y mueve las máquinas. Moldea un equilibrio político en torno de perfiles, vertebración partidaria, afinidades personales, tensiones territoriales y rieles de interlocución política o social.

En buena medida, el gabinete expresa las fortalezas y debilidades del Presidente: es el sello de su personalidad, de la forma en la que se aproxima a la realidad y a la toma de decisiones. El gabinete dibuja el semblante del soberano: presidentes que centralizan o delegan, que deciden en solitario o interactúan en colegio, que cortejan la continuidad o pretenden la ruptura. Es la síntesis de los reflejos básicos del líder: su proclividad o no a la lealtad, la confianza en sí mismo o su dependencia de otros, la habilidad para abrirse brechas de libertad decisoria o su aislamiento en los intereses que lo rodean. El gabinete es muestra palpable de su comprensión del poder: el aprecio o el desprecio por el mérito, su talante inclusivo o sectario, el control estratégico de la coyuntura o la claudicación frente a los tropiezos.

Pero en la conformación de su gabinete, el presidente también define sus prioridades. Es narrativa tácita sobre sus objetivos y propósitos. Define su hoja de ruta: articula institucionalmente demandas, canaliza y distribuye los recursos disponibles, ejerce presión sobre los jugadores en el proceso político. Fija encomiendas y tramos de responsabilidad. Reordena el poder propio para enfrentar eficazmente los problemas de las convivencia. La decisión de crear o cerrar secretarías de Estado o dependencias no responde únicamente a motivaciones económicas o burocráticas; es, en realidad, una directriz política para la confección de políticas. La razón de gobierno que perfila el sentido de oportunidad, la noción de lo que es necesario, de lo que no puede esperar o lo que dejó de ser importante. La dimensión institucional del poder de formación de agenda.

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¿Qué noción trasmite el gabinete del Presidente? ¿Qué prioridades se expresan en la fotografía de su equipo? ¿La ausencia de cambios sugiere que el Presidente entiende que las cosas van bien y que, por tanto, no encuentra motivos eficientes para realineamientos? ¿O, por el contrario, indica que ha perdido el margen mínimo para gobernar? ¿Está preparando su sucesión? ¿Administra, simplemente, sus coyunturas o ha quedado secuestrado en un núcleo cerrado de cercanos? ¿Percibe el Presidente que en sus circunstancias no puede darse el lujo de abrir un frente de inestabilidad por la remodelación de su gobierno? ¿Espera usar esa palanca para apropiarse de la iniciativa política y transferir el desgaste de estos primeros años de gobierno, una vez que concluya el episodio electoral?

El gabinete del Presidente, hasta ahora, poco dice de sus prioridades. A estas alturas de su mandato sólo ha usado ese instrumento en tres ocasiones: la primera, para expresar un cambio en la estrategia de seguridad hacia la coordinación política, con la desaparición de la Secretaría de Seguridad Pública y su subsunción en la Secretaría de Gobernación; la segunda, para recuperar márgenes de credibilidad política con la reactivación de la Secretaría de la Función Pública; la tercera, como solución emergente para recuperar la confianza perdida en la procuración de justicia, después de la gestión del caso Ayotzinapa. No hay, a mi juicio, una definición clara de agendas en la fisonomía de su gobierno. Ordenó, por ejemplo, un estudio para atender la problemática de la justicia no penal, pero no creó una dependencia, una secretaría de justicia, por ejemplo, para articular una auténtica política de Estado. Convocó a un nuevo diálogo, sin determinar responsabilidades institucionales para concretar algo. Fracasos evidentes en licitaciones y proyectos importantes no produjeron sacudidas ni castigos. No encuentra un perfil de embajador que sintetice los nortes de la relación que pretende con Estados Unidos. En suma: un gobierno hipercentralizado, con bajas capacidades de gestión, sin narrativa programática, más allá de las reformas, atascado en los precursores de la mediocridad.

Renovar el gabinete es una decisión política para configurar nuevos equilibrios, formar agenda, construir alianzas, aislar vetos. Es el antídoto a la inmovilidad. Oxígeno puro en la asfixia de la inercia.


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