El peor de los modelos

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Por: Alejandro Díaz 

Diversas fuentes políticas y periodísticas mencionan que el inquilino de Palacio se ha inspirado en el Foro de San Pablo y en varios mandatarios autoritarios latinoamericanos como los difuntos Castro y Chávez, o los actuales Ortega y Maduro, pero sus modelos autoritarios no son sólo de éste continente. El ruso Vladimir Putin y sobre todo el turco Recep Tayyip Erdogan son modelos más de su preferencia.

Pareciera que Erdogan fuera su modelo: la vida política del presidente turco comenzó en 1994 curiosamente también como alcalde de la ciudad más grande del país, Estambul, alcanzando una gran popularidad hasta que en 1998 fue sentenciado a diez meses de cárcel por intolerancia religiosa. Había atacado los principios laicos de la república. Liberado después de cuatro meses de prisión, funda un nuevo partido, Justicia y Desarrollo (AKP por sus siglas), para entrar de lleno a la política nacional.

Erdogan llega a la presidencia de Turquía en 2014, si bien antes fue por once años primer ministro, con facultades ejecutivas. Fue entonces cuando reforma la constitución para trasladar todas esas facultades al puesto de presidente que hasta ese momento tenía sólo las de Jefe de Estado, básicamente ceremoniales y protocolarias.

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Concentró el poder en su persona con distintas tácticas, pero en especial mediante el referéndum constitucional en 2017. Dilapidó el legado de Atatürk islamizando gradualmente al país, polarizándolo, lo que le ha dado una popularidad muy debatible. En el ámbito doméstico se impuso ante muchas disidencias con su personalidad y alejó a las que no logró inhibir. Encarceló a muchos opositores y obligó a otros a dejar el país. Poco amigo de la producción limpia de electricidad priorizó la construcción de más de medio centenar de carboeléctricas, ganándose la enemistad de ecologistas y agrupaciones civiles. Parece enemigo de la modernidad.

Queriendo aprovecharse de la importancia que ha adquirido Turquía frente a sus vecinos y a la Unión Europea por la contención migratoria, ha lanzado iniciativas que no siempre han sido bien recibidas. Su ambición de que Turquía fuera aceptada en la Unión Europea o que los países de Oriente Medio reconocieran el liderazgo turco no han tenido éxito.

Quizá por la falta de éxitos diplomáticos ha recurrido a la utilización de la fuerza naval en el Mediterráneo Oriental donde muy pocos países pueden oponerse. Construyó un muro de 828 kilómetros en la frontera siria para desalentar la migración (recuerda a Trump) y no ha dudado de intervenir militarmente en Siria.

Pero domésticamente no todo le ha salido bien: con tanta intervención mediante decretos ejecutivos, la pandemia no ha sido controlada y la economía no va bien. Tanto la inflación como la paridad se han salido de control y comienzan a desesperar a los electores. La cereza del pastel fue la derrota del partido de Erdogan, AKP, en las elecciones municipales en Estambul, que anticipa una derrota a nivel nacional que permita recuperar la política democrática en todo el país.

Así como en México el inquilino de Palacio ha seguido los pasos de Erdogan, los partidos de oposición están obligados a observar lo que han hecho en Turquía y sobre todo, lo que harán próximamente para derrotar al quien cree que por su personalidad puede hacer lo que le plazca sin ofrecerle a los ciudadanos lo elemental: paz, seguridad, salud, educación y una economía sana que permita mejorar los niveles de vida.

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