El nuevo municipalismo

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No hay autoridad más cercana desde el ámbito ejecutivo que la municipal. De ahí la urgencia de que este nivel de gobierno se redimensione y se adecúe a las necesidades de hoy, pero para que esto ocurra debe generarse un vínculo fuerte con la comunidad que representa. 

Hay una necesidad de reapropiarse -en el buen sentido- de las instituciones para ponerlas al servicio de la comunidad y el bien común. Sin duda que desde esta perspectiva lo que se privilegian son la ayuda mutua y la cooperación. Desde este primer nivel del ejercicio del poder público debe provocarse que las personas reconozcan a sus vecinos, creen interdependencia y lleguen a acuerdos para alcanzar un bien que sea para todos. 

El municipalismo, entendido como revitalización de las comunidades locales, es congruente con el pensamiento social que aspira al fortalecimiento de la comunidad y a la recuperación de valores que un día se vivieron, como el sentido de pertenencia, de buena vecindad y de arraigo, pero hoy están a años luz de nuestra realidad.

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Aspirar a regenerar verdaderamente la política, entendida esta como cuidado del bien común, debe partir de los ayuntamientos ¿por qué? Porque es el centro de toma de decisiones MÁS CERCANO a la población. La proximidad y la  cercanía del mismo es la vía que facilita la inclusión del ciudadano de manera responsable, es el camino desde el que puede instrumentarse objetivamente el que el gobernado deje de “sentir” que su voz se pierde en la nada, que las decisiones trascendentales que afectan su vida son tomadas por un grupúsculo de extraños que no tienen ni la más pálida idea -o si la tienen les importa menos que un comino – de  sus circunstancias y, por ende, de su realidad. 

La perspectiva municipalista sitúa en el centro a la comunidad a la que debe SERVIRLE, a la que SE DEBE. El municipalismo entendido en estos términos ofrece oportunidades inimaginables de contestación a las demandas de los gobernados. Es urgente deshacerse del modelo arcaico de hacer política en provecho de unos cuantos, de erradicar el populismo que manipula a los más desfavorecidos, del corporativismo deleznable, del asistencialismo que domestica la voluntad, y de las complicidades que han hecho que la corrupción y la impunidad gocen de “cabal salud”.

Este gran movimiento lo debe provocar la propia autoridad municipal en cada colonia, en cada barrio de la ciudad, sin importar condición económica o social de sus habitantes. 

Y es que el espacio en el que vivimos  y trabajamos el grueso de la población es el municipio. Es en el municipio, después de la familia, donde se constituye la base primaria de la convivencia. Ahí se prestan bienes y servicios municipales y su calidad y eficacia dependen en mucho de la buena o mala gestión de las autoridades, pero también de la exigencia, en el buen sentido, de quienes son sus destinatarios.

Es desde ahí, sin lugar a duda, donde debe comenzar el proceso de gestación de una sociedad hermanada en la gestión del bien común, pero entendida en las dos vías, del que presta y del que recibe. La riqueza colectiva que se mueve desde el Ayuntamiento debe ser asunto también de la comunidad a la que gobierna. Por eso es fundamental la participación de esta última, no abandonar, como hasta ahora se ha estilado, esa tarea sustantiva  en la autoridad.

En un espacio municipal en el que la sociedad participa, los problemas sociales se abordan de manera conjunta, integral hasta donde sea posible, se facilita el desarrollo del apoyo mutuo y la gestión horizontal de las diversas actividades. Los comités de vecinos, los consejos integrados por autoridad y sociedad integran de maravilla a ambas partes. Así nacen, por ejemplo, los presupuestos participativos que benefician directamente a los vecinos de una colonia determinada en respuesta, verbi gratia, al pago puntual del predial, los microcréditos que estimulan la autosuficiencia económica y la bolsa de trabajo, las campañas de reforestación, la limpia y arreglo de espacios públicos, el apoyo fuerte a las actividades deportivas y artísticas, el embellecimiento y/o la construcción de espacios recreativos. Y algo sustantivo que es fundamental recuperar: las relaciones positivas de convivencia entre vecinos. Hay mucho mal que combatir: la pobreza, la exclusión, la violencia doméstica, la inseguridad pública, el desempleo, las carencias por la edad o por discapacidad, las adicciones, y el largo etcétera de cáncer social que está matando a la sociedad de nuestros días.

Este es el municipalismo que necesitamos, este que refuerza el papel de las ciudades y sus gobiernos, este que va más allá de la llana gestión pública, porque abreva en los principios preciosos del humanismo político.


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