El doble discurso de México (y del mexicano)

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Porque en México todos tenemos algún miembro de nuestra familia que ha sido o es migrante en Estados Unidos. Y no son violadores. Ni traficantes de drogas

Nos gusta ser candil de la calle y oscuridad de la casa. O de la región. Cuando Donald Trump mencionó que México no envía a sus mejores personas a Estados Unidos: “Envía a gente con muchos problemas. Y traen esos problemas con ellos. Y traen drogas. Y traen crimen. Son violadores”, no hubo nadie en México que no se rasgara las vestiduras. Desde el presidente hasta la mejor cantante, pasando por el empresario y el político, todos nos sentimos ultrajados. Y aludidos.

Nos dolió porque sabemos, como pocos países del mundo, que un migrante es un padre de familia que tiene esperanzas más altas que las de cualquier muro. Porque sabemos que una migrante es una madre que deja a sus hijos al cuidado de sus padres para conseguir un mejor futuro en Estados Unidos. Porque en México todos tenemos algún miembro de nuestra familia que ha sido o es migrante en Estados Unidos. Y no son violadores. Ni traficantes de drogas. Su único crimen es tener aspiraciones de progreso.

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Y al tiempo que arremetemos contra Trump, México desplaza a Estados Unidos como el principal deportador de migrantes del mundo. La frontera que divide a los migrantes que logran llegar a su destino y aquellos que son forzados a regresar a su lugar de origen ya no es el Río Bravo: es el Suchiate. Según cifras del Migration Policy Institute, México ha deportado desde 2010 a 80% de los niños, niñas y adolescentes migrantes en América del Norte, mientras que a Estados Unidos le ha correspondido el 20% restante.

Mientras que en el norte exigimos que traten mejor a nuestros niños, niñas y adolescentes migrantes, en el sur los deportamos con la mayor eficiencia: de cada 100 niños asegurados en 2014 en México, 77 fueron deportados a su país de origen, comparados con sólo tres de cada 100 detenidos en Estados Unidos.

Mientras que en el norte exigimos que le den la bienvenida a nuestros migrantes, en el sur los expulsamos. De octubre de 2014 a abril de 2015, México aseguró a 92 mil 889 centroamericanos, mientras que Estados Unidos detuvo a 70 mil 448 migrantes no mexicanos.

Mientras que el número de refugiados mexicanos crece en el mundo (en 2014 el Banco Mundial contabilizó a mil 837 mexicanos a quienes se reconoció el derecho al refugio), México reduce los números de refugiados que recibe a un mínimo histórico: Al mismo tiempo que el mundo vive la crisis migratoria de mayores proporciones de las que se tenga memoria, México asume la política de la mínima responsabilidad posible, autorizando 270 refugiados en 2013 y 451 en 2014, entre los cuales había sólo 16 sirios y 35 niños, niñas y adolescentes en los dos años.

Brasil, en cambio, ha dado 8 mil visas a sirios y refugio a 2 mil 100 de ellos. Candil de la calle, y oscuridad de la región.

México se ufana en presidir en Nueva York la Reunión de Alto Nivel sobre Migración y Refugiados el pasado 30 de septiembre, y adopta un discurso que parece más europeo que nuestro: a los migrantes económicos, deportación inmediata. A los refugiados, acogida. Y el agravante es que hacemos lo primero, mejor que nadie en el mundo, y en lo segundo, abdicamos como nunca.


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