Ahí va el Proyecto de Presupuesto de Egresos 2027, listo para que los diputados le den el visto bueno o le metan mano. Y como siempre, el diablo anda en los detalles: hay recortes que duelen y gastos que ya no se pueden tocar ni con toda la buena voluntad del mundo.
La Secretaría de Energía se lleva el palo más gordo: casi 69 por ciento menos. De esos miles de millones que antes iban a sostener el andamiaje energético, ahora apenas quedará lo suficiente para que no se apague la luz del escritorio. Las obras insignia del sexenio pasado tampoco se salvan. Tren Maya, AIFA y Mexicana de Aviación ven cómo les quitan recursos. Como si dijeran: “Ya construimos lo que se pudo, ahora a administrar con lo que haya”. No es que se vayan a caer de golpe, pero el mensaje es claro: el dinero fresco se acabó para esas aventuras.
Al INE le plantean bajar de 46.9 a 42.2 mil millones. En año de elecciones intermedias eso suena a ajuste fino, aunque algunos ya andan gritando que es tijera. En combate a la corrupción el movimiento es al revés: de 8 mil 946 a 9 mil 944 millones. Un aumentocito que, si sirve de algo, bienvenido sea; si no, pues a seguir contando los mismos chistes de siempre.
Lo que sí no se mueve, y ahí está el verdadero problema, es la carga de los intereses de la deuda y las pensiones. Juntos se van a comer alrededor del 10.3 por ciento del PIB. Eso no es un gasto: es una hipoteca que ya heredamos y que sigue creciendo. Los programas sociales, esos que nadie se atreve a tocar porque son bandera y voto, terminan de amarrar el presupuesto. Los diputados lo reconocen: el margen de maniobra se reduce a casi nada. Ocho de cada diez pesos ya vienen comprometidos. Lo que queda es pelear por las migajas.
Así se discute el presupuesto en San Lázaro: entre recortes a lo que se puede recortar y respeto absoluto a lo que ya se volvió sagrado. Mientras tanto, el país sigue cargando con deudas del pasado y promesas del presente. Ojalá que, entre tanto número, alguien se acuerde de que la austeridad no puede ser solo para unos y el gasto inamovible para otros. Porque al final, el que paga la cuenta somos todos.





















