miércoles, abril 29, 2026
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Deuda 4T: la mitad en solo siete años

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Órale, compas, aquí viene la neta que duele: según Forbes México, citando al Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP), los gobiernos de la 4T —Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum— han contratado 11.3 billones de pesos en deuda. Eso representa la mitad de toda la deuda pública que tiene México. Lo que tardó casi doscientos años en acumularse, lo duplicaron en siete añitos nomás. ¡Qué chingonería de récord!

Antes de 2018, el saldo histórico era de unos 10.8 billones. Llegaron ellos prometiendo que “no nos iban a endeudar como los neoliberales”, que se acabarían los Fobaproas y que habría austeridad republicana. Resulta que no solo se gastaron los fideicomisos, sino que pidieron prestado a la banca comercial y a todo el que prestara para sostener el gasto público. Programas sociales, obras emblemáticas, pensiones y el día a día del gobierno: todo con tarjeta de crédito ajena.

El sarcasmo duele porque la narrativa oficial siempre fue de finanzas sanas y “ya no más corrupción”. Pero los números no mienten: en menos de una década endeudaron al país más que todos los presidentes anteriores juntos. Ahora cada mexicano carga con más de 150 mil pesos de deuda per cápita, según proyecciones recientes. Y eso que todavía falta lo que venga con Sheinbaum, que ya suma miles de millones adicionales.

Respeto el derecho de cualquier gobierno a gastar en lo que considere prioritario, pero la responsabilidad fiscal no es un chiste. Cuando se gasta más de lo que se ingresa y se recurre al endeudamiento masivo, la cuenta la pagan las generaciones futuras. Los intereses de esa deuda ya compiten con el gasto en salud y educación. ¿Y si vienen tasas altas o un shock externo? Ahí sí nos vamos a acordar del “no nos endeudamos”.

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La 4T llegó con la bandera de la transformación y el “primero los pobres”. Hoy deja una herencia pesada: más deuda, menos margen de maniobra y la misma promesa de que “todo está bien”. Ojalá el siguiente capítulo no sea el clásico de siempre: subir impuestos, recortar inversión productiva o patear el problema más adelante.

Al final, la deuda no tiene color partidista, pero sí tiene consecuencias. Y esta factura, carnales, la vamos a seguir pagando todos. Con intereses.

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