Resulta que Alejandro “Alito” Moreno, el eterno dirigente del PRI, ya no se conforma con pelear en el patio de la casa. Ahora se fue directo al Departamento de Estado de Estados Unidos a denunciar a tres consejeros del INE porque le prohibieron seguirle gritando “narcopartido” a Morena. Así de sencillo y así de exagerado.
La historia empezó cuando la Comisión de Quejas y Denuncias del instituto electoral le ordenó bajar unas cuantas publicaciones donde él y su partido soltaban “narcogobierno”, “cártel de Morena” y otras joyitas por el estilo. El INE dijo que eso olía a imputación de delitos sin pruebas y que, de momento, mejor se callaran esa parte. Alito, en cambio, lo tomó como una mordaza digna de regímenes oscuros y soltó el grito de “censura”.
Pero el priista no se quedó en el reclamo de siempre. Presentó denuncia formal en Washington contra Arturo Castillo Loza, Rita Bell López Vences y Frida Denisse Gómez Puga, pidiendo que los revisen bajo la ley que permite sancionar a funcionarios extranjeros por violaciones graves a derechos humanos. O sea, que les echen un ojo a las visas y a las cuentas bancarias. Y para que no quede duda de que va en serio, también anunció que impugna ante la Sala Superior y que va a tocar puertas en la ONU, la OEA y la Corte Interamericana.
Uno entiende que la libertad de expresión no es regalo y que criticar al poder es sano. Pero también hay que reconocer que llamar “narcopartido” a diestra y siniestra, sin aportar el expediente completo, no es exactamente periodismo de investigación. Es más bien el estilo de pelea que Alito ha venido practicando desde hace rato. Ahora elevó el tono hasta convertirlo en asunto de política exterior.
Mientras tanto, el país sigue con sus problemas de siempre: inseguridad, desconfianza y una polarización que ya parece deporte nacional. Y en medio de todo, el dirigente del PRI decide que la mejor manera de defender su derecho a insultar es pedir que le apliquen la ley gringa a los árbitros mexicanos. Hay que admitirlo: el espectáculo está garantizado. Ojalá la discusión de fondo sobre qué se puede decir y qué no en política no se pierda entre tanto drama internacional.



















