Del voto inexistente, al voto nulo

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Nuestro país transitó, en una larga y dolorosa lucha cívica, del voto inexistente al voto respetado. En medio padeció toda una época de defraudación electoral, la más virulenta primero y luego la más sofisticada que régimen autoritario haya desarrollado en América Latina. El voto “irrespetado” lo llamó Efraín González Luna, refiriéndose al atropello electoral a través de sus mil y una formas de escamoteo, burla o suplantación. El PAN apostó por el cauce electoral a pesar de ese ambiente nauseabundo de mapaches y estrategias fraudulentas de las más variadas, incluyendo la operación menudo, ratón loco, urna embarazada. Le costó ser llamado “palero del régimen” por nuestros detractores de izquierda. Provocó tensiones internas y dividió a militantes entre abstencionistas y participacionistas. Frente a los que postulaban “dejar solo al gobierno”, “hacerles el vacío”, ganaron indistintamente los que apostaron ir a las elecciones incluso en ese ambiente inhospitalario para la democracia. Esta persistencia de aquel panismo es una de las facetas que más me conmueve de la historia del PAN.

Ahora se agitan en el país dos ideas que perturban a sectores informados de la sociedad mexicana en torno de la elección del 7 de junio: la de abstenerse de ir a votar en la casilla y la otra, de acudir, pero para anular el voto. No tiene mayor defensa la primera, pues la ausencia se ha llenado de explicaciones sobre la indolencia histórica de la gente, una especie de flojera intrínseca que se atribuye a nuestra raza, el desinterés. La que cala y tiene cierto asidero es la que propone presentarse en la casilla e invalidar el voto, romper la boleta, cruzarla de lado a lado. Tiene cierto sentido porque los votos nulos sí se cuentan, y expresan una inconformidad. Tiene asidero porque varias de las razones que esgrimen esa inconformidad son verdaderas, imbatibles. Pero aunque se cuenten, se van al vacío, confundidos en el 6 o 7 por ciento de los votos nulos que se producen por cinco tipos de error que produce el elector al sufragar, derivados exclusivamente del diseño normativo y el formato de la boleta.

Aunque lograra distinguirse del error y expresara una inconformidad, el voto nulo no es capaz de sancionar lo que deplora. No castiga al régimen corrupto, ni a la oposición domesticada; vulnera el proceso de construcción democrática, porque niega la participación ciudadana organizada como una forma de superar deficiencias, distorsiones y corruptelas; merma una de las nociones más básicas del deber cívico y desmotiva el ejercicio del primer voto. Lo más grotesco es que termina fortaleciendo la mera disputa de las estructuras partidistas, y premiando la estrategia de las burocracias operativas del sistema de partidos, basadas en la movilización de los duros ante la indiferencia o el desprecio de los ciudadanos a los que hay que convencer. En esa competencia que es clientelismo, corporativismo; tráfico de servicios, comida y dinero por votos, el abstencionismo o el anulacionismo le otorgan la victoria al PRI – padre fundador de la compra y coacción del voto -. Los mejores cómplices del PRI en zonas de competencia álgida o cerrada, no son los del Partido Verde, sino los abstencionistas, y sus mejores aliados los promotores de la nulidad del voto.

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Milito en el PAN desde hace 32 años – en los últimos años contra viento y marea-, creo en el sistema de partidos y también en las candidaturas independientes, desde ahí comparto muchas de las quejas que se alzan en contra de la regresión autoritaria y del aval que le brinda una oposición ampliamente sometida, desdibujada en sus responsabilidades y deudora de rendir cuentas, con rezagos en democratizar sus métodos, castigar las conductas desleales de sus militantes. Pero desde ahí mismo digo que el voto nulo es una piedra al vacío, cuya trayectoria vemos por instantes y luego se pierde, porque nuestro diseño electoral y sobre todo, el sistema de medios de comunicación, no lo reconoce, ni le concede efectos jurídicos.

Subyace también en el voto nulo, un planteamiento injusto: la generalización sobre la política, los políticos y los partidos. Es falso que todos somos iguales; lo rechazo categóricamente porque conozco la preocupación y el esfuerzo de personas muy valiosas en la izquierda y en Acción Nacional por corregir el rumbo, recuperar el vínculo de confianza con la gente, fortalecer el sentido original con el que fueron convocados a la tarea política, asentar una conducta ética. La alianza natural con los sectores reformistas queda también anulada.

Cierto es que resulta más fácil – para enviar una sanción pública – organizar y articular el NO a partir de la ausencia o el rechazo, que organizar el SI que transforme, comprometa y mejore el sistema de partidos. Esto se lograría si consiguiéramos pasar del voto respetado, al voto libre e informado, y luego a la revocación del mandato. Proceso en el que el elector identifica trayectorias, evalúa desempeños, distingue posiciones ideológicas y propuestas programáticas. Pero también es largo y sinuoso, es el que está en construcción y al que no debiéramos renunciar. En esto los viejos panistas, tuvieron una sabiduría profética.


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