De recuerdos y de olvidos

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Hay flaqueza en la memoria del mexicano que lo hace condescendiente con el mal y cómplice de conductas inmorales.

Tenemos un desorden en el alma pero vale la pena sostenerla con las manos /los ojos /la memoria.
Mario Benedetti.

¿Qué tanta historia es bueno recordar? Primero tendríamos que precisar para qué. ¿Para profundizar odios? ¿Para hurgar en viejas heridas? ¿Para estimular venganzas? Definitivamente, no. ¿Para aprender del pasado? ¿Para fomentar nuestras identidades? ¿Para estimular la solidaridad? Definitivamente, sí. Lo anterior evoca un deslinde muy racional, sin embargo, hay una zona intermedia, la de hacer justicia a hechos condenables del pasado. Ahí no debe prevalecer el olvido y meditar si merece el perdón.

La democracia se sustenta en la memoria. El ciudadano tiene la obligación de recordar lo malo y lo bueno de lo realizado por los políticos y los partidos que los postularon. Sólo así se va conformando un criterio adecuado para tomar decisiones.

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Estamos en un interregno que significa vivir en una etapa en que lo viejo ha dejado de servir y lo nuevo no termina de nacer. No se trata de ver al pasado con nostalgia. Tampoco de caer en una actitud maniquea actuando como juez para absolver o condenar. Se trata de comprender y aprender para darle continuidad a lo que funciona y corregir lo disfuncional. Mirar hacia adelante liberados de resentimientos.

Hay flaqueza en la memoria del mexicano que lo hace condescendiente con el mal y cómplice de conductas inmorales.

¿Cómo explicar que un partido que incurre en corrupción y en impunidad pueda ganar elecciones? ¿Cómo explicar que verdaderas pandillas se posicionen de instituciones y distorsionen su desempeño? Sólo hay una explicación: falta de memoria y capacidad infinita para comprar voluntades y conciencias.

El PRI presume las reformas estructurales a las que se opuso en el pasado. PRD y Morena hacen mutis de su oposición a algunas de estas reformas al percibir la impopularidad de esta actitud. Del PAN se siguen esperando actitudes congruentes con su condena a la corrupción.

Nuestra clase política requiere de un elemental ejercicio de humildad. Olvidarse de las grandes promesas, de la palabrería hueca y de generalizaciones que no se concretizan. El discurso debe ser más específico, verificable y despojado de ideologizaciones. Los partidos deben ver a los ciudadanos como personas dignas y pensantes, no como clientelas cautivas.

Me entusiasmó, en medio de una crisis de magnitudes descomunales, el discurso del rey de España. Asombra que una institución tan añeja genere ideas que iluminan no tan sólo a esa nación, sino también a otras latitudes. Alude Felipe VI a cuatro conceptos que pueden ayudar a nuestras democracias:

1. “Una auténtica y generosa voluntad de entendimiento”. Sin este requisito es imposible alcanzar consensos y sin estos es imposible concertar una acción colectiva.

2. “Espíritu fraternal”. El ser humano, sobre todo el político, vive un conflicto permanente entre egoísmo y altruismo. Los tiempos demandan una mayor dosis de altruismo, la elemental solidaridad para sentir el dolor ajeno.

3. “Sentido del deber”. Por muy turbias que sean las circunstancias, por muy precaria que sea la información y por muy endeble que sea la condición humana, siempre hay una rendija para precisar y asumir nuestro deber.

4. “Darnos la mano y no la espalda”. Tiene que haber una actitud de apertura, ofrecer al adversario la posibilidad del acuerdo. Hacer lo necesario posible y proceder en consecuencia.

Termina un año complicado e inicia uno más difícil aún. Una actitud crítica y autocrítica es el primer propósito que nos debe animar en el 2016. Requerimos honestidad, que es desafortunadamente nuestra más grave carencia.

Con estas reflexiones, cuyo único fin es sacudir conciencias, deseo a mis estimados y pacientes lectores un feliz y próspero Año Nuevo.


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