Conmemoraciones mexicanas, son de todos. No la estupidez

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Conmemoramos 5 siglos en que decenas de miles de guerreros de Tlaxcala, Texcoco, Cholula, Xochimilco o Texcoco, entre otros pueblos rivales de los aztecas, decidieron cobrarse venganza de siglos de oprobio y tributos. Aliados a cerca de un mil españoles, dirigidos por Hernán Cortés, conquistaron Tenochtitlan, capital del imperio, el 13 de agosto de 1521. También, 2 siglos de consumar la independencia, al entrar el Ejército de Iturbide en la Ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821. Victorias y derrotas, grandezas y miserias, son datos históricos que conforman herencia y huella común. ADN de cada pueblo. En las familias hay luces y sombras. El presidente López Obrador con mentiras, necedad e ignorancia de los hechos, expone más estupideces, manipulando ahora fechas que el arqueólogo Matos denuncia: “tan solo para que los números cuadren en “una suerte de sintonía centenaria”. Reclamó al rey de España por no contestarle la carta de 2019 en la que pedía se disculpara con México por la conquista. ¿Y tlaxcaltecas, texcocanos o cholultecas, qué? Pueblos indígenas fueron determinantes en la conquista, y españoles criollos en la independencia. Sí memoria histórica, patrimonio común, no selectiva.

Tan estúpida es la exigencia a España, como sería reclamar a los yanquis territorios arrebatados. La mayor parte de la historia el planeta ha estado dominado por imperios: Alejandro Magno, hasta confines de las Indias. El egipcio y persa. El de Roma, o el de los aztecas e incas. Los árabes, siglos en Iberia. De España, hasta las Filipinas, “no se pone el sol”. De Napoleón, o de Inglaterra. Más recientes, turcos y japoneses, nazis o imperios yanquis y soviéticos.

Idiotas: los rechazos a las indicaciones científicas contra covid; las falsas “teorías de complot”; destrucción del medio ambiente, nulo crecimiento, desempleo, pobreza; terrorismos; masacres; nacionalismos con xenofobia y racismo. Esta época parece la del “triunfo de la estupidez”. AMLO, gobiernos cubano o argentino, antes Trump, llegan con explicaciones simplistas: la culpa es de España, los migrantes, los yankis, el embargo –¿no cubanos represores contra cubanos pacíficos?-, la izquierda, los conservadores. La “posverdad”, definida en los diccionarios Oxford (“palabra del año” en 2016) como un adjetivo que designa “circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales”, facilita entender esa actitud del que piensa que quien no comparte su opinión está equivocado, que lo intenta manipular, que es profundamente inmoral, y no respeta sus creencias que son verdad pura y dura. De ahí la polarización en el debate, en que cada uno trata de imponer su punto de vista, desacreditando el de los otros, señalarle de la manera más visible posible su integridad y calidad moral. Y la verdad, los hechos, lo que realmente son las cosas -lo que es cierto o no-, se convierten en insumos secundarios, e incluso sospechosos, para mentes como AMLO. Este “sistema de imbecilidad generalizada” se compone de narcicismo, autoengaño y presunción, explica Sebastián Dieguez (“El Triunfo de la Estupidez”, JF Marmion, Planeta, 2020). Y así, populistas de izquierdas y derechas logran fieles, en la creencia de que el conocimiento es cuestión de intuición -me late-, de que algo es verdadero porque lo creo y lo digo sinceramente, en cuanto lo decido porque estoy “íntimamente convencido”. Vienen luego los trolls, conspiraciones, rumores, y contenidos idiotas que pelean unos contra otros para conseguir la aprobación del clic del público en carreras destinadas a promover la estupidez del día. Buscan “desestabilizar nuestra relación con la verdad y corromper las relaciones de confianza necesarias para todo proyecto democrático”. Alentemos a niños y jóvenes a desarrollar su pensamiento crítico; a proponer datos más transparentes; una comunicación más clara; recuperar el gozo por las creaciones del alma humana. Y poner la inteligencia al servicio de la inteligencia y la verdad, y no de la estupidez. 


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