Confianza

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El señalamiento de la pérdida de confianza en el gobierno de Enrique Peña Nieto había sido materia de comentaristas y opositores políticos, pero las recientes declaraciones del secretario de Hacienda al diario británico Financial Times han puesto la discusión en un plano completamente distinto.

El periódico atribuye a Luis Videgaray haber dicho —y así lo pone en la entrada de la nota firmada por Jude Webber y John Paul Rathbone— que las reformas estructurales impulsadas por Peña Nieto servirán de poco si no se reconstruye la confianza pública en el gobierno, la cual se encuentra rota.

El Financial Times citó textualmente lo que dijo Videgaray: “No todo puede ser reformas, reformas, reformas. Necesitamos atender lo que es realmente importante para la sociedad mexicana, que no es (sólo) la corrupción y la transparencia. Va más allá de eso: es un tema de confianza”.

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El secretario de Hacienda usó yuxtapuestas dos palabras que en español se traducen de la misma manera: confianza.

Las palabras en inglés son trust y confidence. A menudo se usan como sinónimos, pero en sentido estricto no lo son. Confidence es la creencia de que los hechos ocurrirán de acuerdo con las expectativas, con base en la familiaridad y la experiencia. En cambio, trust implica que uno se pone enteramente en las manos de alguien y, por tanto, en posición vulnerable.

Aun así, las palabras de Videgaray abren un debate mucho más profundo que el que ocupaba sólo a los críticos del Presidente, pues es el primer miembro prominente del gobierno que sostiene que éste debe actuar para recobrar la confianza perdida. Y también porque él mismo ha sido señalado de haber incurrido en conflicto de intereses.

Las declaraciones de Videgaray deben conducirnos a explorar el tema de la desconfianza. No estoy seguro de que todos los que se han referido a ella en meses recientes hablen de la misma cosa.

La desazón que México experimenta, ¿es desconfianza en el Estado, en el sistema de partidos o solamente en el actual gobierno?

Es decir, si mañana renunciara el presidente Peña Nieto y fuera sustituido por alguien en los términos que establece la Constitución (usted ponga el nombre), ¿eso bastaría para devolver la confianza o para comenzar a reconstruirla?

En el caso de la desconfianza que mostraban los propios creyentes por la Iglesia católica —a raíz de los escándalos de pederastia— ésa fue la solución que se buscó. Renunció Benedicto XVI y fue sustituido por un virtual desconocido que no aparecía entre los favoritos para convertirse en el nuevo Papa. Y nadie puede negar que Francisco ha hecho mucho por reconstruir la confianza en la Iglesia.

Sin embargo, tampoco se puede pasar por alto que el Vaticano, como Estado y como cabeza religiosa, es una monarquía. Ahí no hay Congreso, y aunque existen bandos y corrientes, éstos no son formalmente partidos. La palabra del Papa es inapelable y su autoridad, vitalicia. Y aún para los fieles más desilusionados, él es el representante de Cristo en la tierra.

Para encontrar una solución al problema de confianza —si así hemos de sintetizar la ruptura entre gobernados y gobernantes—, necesitamos saber exactamente de qué estamos hablando.

Al respecto tengo más preguntas que certezas. Me gustaría saber qué piensa la mayoría de los mexicanos que no están afiliados a un partido político. Seguramente muchos militantes de la oposición dirán que el problema es Peña Nieto y bastaría con que se fuera para que todo se arreglara.

Yo no estoy convencido de que el problema se limite a los hechos de Iguala y Tlatlaya y las revelaciones sobre las propiedades de algunos funcionarios. Me queda claro que el panorama político del país cambió radicalmente desde mediados de septiembre pasado. Pero me parece que el malestar es más profundo.

Videgaray no explica por qué el problema va más allá de la corrupción y la falta de transparencia, pero coincido con él.

La desazón, me parece, está anclada en la falta de perspectivas que tiene la mayoría de los mexicanos. La constatación de que la corrupción sigue viva —y, además, hoy habita en todos los partidos políticos— es una prueba más de que los gobernantes sólo están interesados en ellos y no en el rumbo colectivo.

Los gobernantes llevan demasiados años sin ser capaces de ofrecer un futuro posible, al que todo mundo se pueda asir. La alternancia de 2000 tampoco resolvió eso. Nuestra clase política es una mera administradora del día a día, preocupada por satisfacer intereses individuales y de facción.

Me parece que lo que estamos viviendo es una ausencia de consenso sobre la idea de nación y el rumbo de ésta, agravado por la falta de oportunidades económicas y la inseguridad que provoca la violencia criminal.

Siempre he creído que el estallido de inconformidad en las universidades, desde la campaña de 2012, tiene que ver con la nula perspectiva que tienen quienes estudian una carrera para conseguir un empleo una vez recibidos. Eso fue algo que no sucedió a sus padres, para quienes el título universitario era garantía de futuro.

Hay que tener cuidado al hablar de falta de confianza sin definir con precisión la naturaleza del malestar que nos aqueja. Dar la impresión de que la confianza es un recurso que pueden y deben explotar los políticos puede generar la creencia de que el escepticismo es disfuncional en la democracia.

En ese sentido, me adhiero a lo que dijo John Stuart Mill hace siglo y medio: la cultura democrática se caracteriza por un escepticismo vigilante más que en una fe ciega en los motivos y habilidades de la autoridad.


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