Comunidades seguras, sólo con control de armas

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El control de armas es uno de los factores fundamentales, si no el más importante, para proteger la vida ciudadana y garantizar los espacios públicos, frente a corrientes ideológicas, fundamentalistas, fanáticas u organizaciones criminales transnacionales que, en distintas latitudes del mundo, cobran un número creciente de vidas humanas.

Los riesgos a la seguridad se han transformado. Ahora es posible que la tranquilidad de las sociedades ya no sea mermada por la guerra o por el asalto de un poderoso cártel del narcotráfico. Tampoco se requiere la incursión de un grupo de extranjeros a un país para cortar abruptamente la vida de cientos.

En el presente, el detonador de la violencia viene, principalmente, de individuos y de células autónomas que —ya sea por  fanatismo, tendencia criminal, enfermedad mental o frustración social— están dispuestos a promover el terror en cualquiera de las comunidades en donde se desenvuelvan. Cuando menos, así lo demuestran los tiroteos en San Bernardino, California, y en París, Francia, donde los propios ciudadanos —afines a corrientes ideológicas intolerantes— se han convertido en precursores de la violencia en contra de sus propios centros urbanos. De naturaleza distinta, pero con los mismos efectos devastadores, los países latinoamericanos encuentran en las células criminales —integradas generalmente por sus propios connacionales— la fuente de delitos que más agravian a la civilización contemporánea: homicidio, secuestro o tráfico de personas.

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 De ahí la relevancia de la agenda asumida por Barack Obama, que pretende fortalecer los controles de acceso a armas en EU. Esperemos que, en verdad, las maniobras anunciadas por Obama —que contemplan, entre otras acciones, verificar los antecedentes penales de los compradores y el imperativo de que los estados de la Unión Americana aporten información sobre aquellas personas que estén impedidas de poseer armamento, por razones médicas o sociales— alcancen el éxito en su aplicación. 

 Dichos preceptos no sólo conseguirían reducir la pérdida de 30 mil vidas estadunidenses anuales, como producto del fácil acceso al armamento, sino que, el sólo hecho de frenar el tráfico de armas proveniente de EU, también le brindaría una mayor libertad a México para mejorar sus niveles de seguridad. Cabe recordar que, en los últimos años, 7 de cada 10 armas decomisadas al crimen organizado tienen como país de origen a nuestro vecino del norte.

 Este fenómeno, que no obedece fronteras —aunado a la amenaza que representa el Estado Islámico a la seguridad de las sociedades del planeta— nos muestran la necesidad de robustecer el control de armas en lo interno, sin descuidar las políticas de cooperación internacional tendientes al intercambio de información, homologación de protocolos de seguridad y articulación de sus instituciones para cerrar espacios a la criminalidad. Bien lo puntualizó el presidente Obama, el jueves pasado, en su artículo editorial publicado en The New York Times, que la epidemia de la violencia de las armas representa una crisis en su país. Una situación que demanda una respuesta basada en el sentido común y la corresponsabilidad. La crisis descrita por Obama se vive en varias regiones del mundo y obliga tanto a la determinación multilateral como al compromiso social, si lo que en verdad deseamos es una vida segura en nuestros entornos cotidianos.


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