Batalla entre dos culturas.

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Son abrumadores – en más de un sentido -, los resultados de la elección que acabamos de vivir en Acción Nacional para la renovación de la dirigencia nacional. A pesar de la dura y seca jornada, estamos satisfechos y orgullosos del deber que asumimos, en una época oscura y en una navegación a contracorriente. Hemos enfrentado una competencia desigual; sólo los hipócritas de siempre y los nuevos acomodaticios pueden decir que el piso estuvo parejo.

Sin embargo así decidimos competir, como cuando en esas circunstancias decidíamos hacerlo contra el PRI. Por ello mismo llamamos a una rebelión de las bases, que se fue traduciendo en una rebelión de las conciencias, como un tiempo de liberación, para ejercer dignamente nuestro derecho a disentir, a diferir de la manera como se ha conducido al Partido, que denunciamos esta dolorosa tragedia política en la que han convertido a esta noble institución los simuladores y los logreros; es la rebelión que expresa a todo México que somos los que, dentro de Acción Nacional, tenemos respeto por nosotros mismos. “Porque cuando los que mandan pierden la verguenza, los que los obedecen pierden el respeto”.

En este recorrido por el país, pude ver la mejor y la peor cara del PAN. Quedó bien claro que hay una cultura panista que resiste en el ideal y se empeña en recuperar los principios y valores que dieron origen a nuestra institución, y otra cultura priísta representada por el consorcio que ha colocado los intereses de sus socios – económicos y políticos – por encima del bien común, y está aliada con el gobierno corrupto de Enrique Peña Nieto.

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La contienda fue claramente definidora de ese contraste, entre una cultura que hace de la libertad y la dignidad humanas sus objetivos, y la otra priísta que intimida, chantajea, simula, engaña. Que practica aquí adentro, lo que tanto tiempo criticamos allá afuera. No fue por supuesto una disputa entre dos personas, sino una batalla entre esas dos culturas.

 

A pesar del ambiente de adversidad, siempre cuesta arriba y contra toda la cargada, nuestro llamado hizo emerger lo mejor de esa cultura panista: el espíritu generoso y el sentido voluntario de la pertenencia. Es la cultura que concibe la participación política como forma de contribuir, de aportar, de poner nuestra parte, y la otra que busca obtener una parte, conseguir una tajada, la que coloca su conveniencia por encima del Partido y de México.

 

En ese contraste se realizó una campaña apresurada que culminó el domingo pasado, pero de ésta surgió un movimiento democrático que no sólo puede hacerle gran beneficio al PAN, sino al país como un impulso democratizador, que asuma el deber de contrapeso y denuncia frente a la regresión autoritaria que vive el país, ante la cual guardan silencio los carteles políticos oficialistas que secuestraron a los partidos de oposición, las partidocracias de Estado.

 

Tal y como lo pidió Don Manuel Gómez Morín, movimos las almas. Acercamos a cientos de panistas que tienen reconocimiento por su propia biografía y que ya estaban desanimados; vimos a liderazgos de enorme prestigio moral y político volver a gastar suela, a tocar puertas, buscar a los militantes de a pie, para convencerlos, para inspirarlos. La acción más funesta del consorcio es que ha alejado a varios de los liderazgos más valiosos y los ha desilusionado de la lucha, y han perdido la esperanza en el Partido e incluso en la democracia.

 

De ahí que hayamos tomado la decisión de articular este movimiento y de encauzar positivamente esa energía revitalizadora que en poco tiempo le devolvió la esperanza a mucha gente. Pronto nos reuniremos en una Asamblea Nacional Deliberativa para discutir y acertar entre todos sobre la mejor forma y sentido de nuestra participación política dentro y fuera del PAN. Nos hacemos cargo de la gran irritación que produce la manera con la que el consorcio se quedó nuevamente con la Presidencia del Partido. Sé que varios compañeros consideran incluso abandonar las filas; comprendo a plenitud ese sentimiento que sacude la conciencia sobre la justificación de nuestra permanencia en el PAN y sobre todo, cómo colaborar con un grupo que ha corrompido a una noble institución.

 

Pero debemos apostar a una reflexión colectiva que ilumine el camino y nos permita visualizar qué realmente viene con este grupo tan lleno de compromisos oprobiosos; si en el PAN se cancela toda posibilidad de que subsista y persista la cultura del panismo, estamos obligados a tomar los cauces donde nuestra cultura pueda afirmarse.

 

El mal mayor que nuestra generación está enfrentando es un deterioro brutal del sistema de partidos fruto de la corrupción política. El Partido está afectado en una gran proporción de ese veneno de la corrupción. No debemos castigar a la democracia, sino a los corruptos y combatirlos en todos los niveles y en todos los sectores. Las posibilidades de nuestra participación en el PAN deben estar orientadas por ese reto. Porque los escándalos de corrupción afectan la confianza en nosotros mismos, debilitan al Estado y corrompen la cultura cívica. La resolución del TRIFE por ejemplo, que validó el padrón inflado con el que el consorcio se volvió a imponer, es expresión de esa corrupción; autoridades electorales nombradas por partidos corrompidos.

 

Mas allá de que el resultado de la elección es más parecido a una elección soviética que a una panista, y con todos los vicios de una priísta -acarreo, compra de votos, rasura del padrón -, muestra el tamaño de la crisis que vive el Partido. Ello también confirma el largo camino por recorrer para extirpar ese PRI que se metió dentro del PAN y nos descubre una realidad: que rescatar al PAN es una tarea mucha más complicada de lo que supusimos, pero no imposible. Lo importante es que hemos empezado.


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