Azúcar para la muerte

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Octavio Paz, en “El Laberinto de la Soledad”, hace un retrato fiel de los mexicanos en muchas de nuestras conductas, percepciones y conceptos del mundo y las cosas que lo componen, y la muerte no es la excepción. Transcribo: “El mexicano frecuenta a la muerte, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor permanente”. 

Fíjese usted como confluyen dos sentimientos distintos y al final son uno. La desprecia, porque se burla, pero a la vez la venera porque sabe del encuentro irreductible que un día tendrá con ella. Al mexicano le fascina hablar de ella con irreverencia y cariño a la vez, a grado tal que le ha puesto diferentes motes: la Pelona, la Flaca, la Huesuda, la Parca, la Catrina y hasta cuando el florido lenguaje dice que a alguien se lo cargó la Chin…, pues la referencia es más que clara. 

El mestizaje nos trajo dos conceptos distintos de la muerte. La religión católica impuesta por el conquistador funcionó con miedo; es decir, adoctrinaron con este componente. Utilizaron el miedo a la muerte como instrumento para la conversión y fidelidad, con infiernos y diablos para todo aquel que no se acotara a la nueva fe. 

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Bien distinto del entendido en las culturas mesoamericanas, en las que el inframundo no es más que un nivel nuevo, ascendente siempre. Esto explica la ausencia de temor a ser castigado por el comportamiento terreno, vinculado a que morir con honor era el paso para alcanzar la felicidad eterna.

Este encuentro que se amasa con la resistencia del indígena a olvidar sus rituales prehispánicos y el empeño de los frailes a que así fuera, a lo largo de los siglos se fue transformando. Las festividades y ritos paganos fueron adoptando el culto a los santos y se convirtieron en fiestas católicas, que fueron definitivas para la integración comunitaria. Oraciones y ofrendas se mezclaron, y hasta la fecha persiste esa tolerancia en forma de religiosidad.

No puedo escribir sobre la festividad del Día de Muertos en nuestro País, sin mencionar a José Guadalupe Posada, uno de los intelectuales más distinguidos de la cultura popular mexicana.

Don José utilizaba en sus grabados esqueletos y representaba en ellos las vanidades de los poderosos del porfiriato, junto con las marcadas desigualdades sociales que se vivían. Su célebre Catrina y los caballeretes de bombín y librea, y el peladito de barriada, fueron recurrentes en su obra. Así empezaron a hacerse “calaveritas”, escritos que hasta la fecha subsisten y que se encargan de ridiculizar o criticar a los políticos. “Verdaderas delicias”, como decía mi maestro de Lógica, cuando son escritas con ingenio, elegancia y picardía.

Rica la tradición de los altares de muerto que no debemos permitir que se pierda con la avalancha de la cultura estadounidense, porque esa no es nuestra. Lo de aquí son las flores de cempasúchil, amarillas como soles, adornando las tumbas de los que ya se fueron de la tierra pero están vivos en el cielo de la memoria de nuestro corazón. 

La festividad del Día de Muertos como se vive en Mixquic, en Janitzio y Pátzcuaro, y en muchos de los pueblos de Oaxaca, con las tumbas cubiertas de flores, de cirios chispeantes, de las calaveritas de azúcar con el nombre del difunto en papelitos brillantes que les pegan en la frente, de los platillos en los que la calabaza se convierte en reina, las enchiladas, el pozole, el mezcal, el tequila, el pulque… es digna de verse, porque ese es México, esas son nuestras tradiciones y debemos de gozarlas y transmitirlas a nuestros hijos y nuestros nietos. 

Enséñele a sus niños a amar a su País, muéstreles las hermosas tradiciones que nos dan identidad como nación. Organíceles un rato de televisión para que se deslumbren con el espectáculo de la celebración de la Noche de Difuntos en Janitzio y, en lugar de palomitas, déles calaveritas de azúcar y calabaza en tacha. No permita que se pierda en la indiferencia y/o en el olvido, lo que nos da cohesión como País.


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