Así las cosas…

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Durante mis años de catedrática, les pedí en alguna ocasión a mis jóvenes alumnos de licenciatura que escribieran un ensayo sobre lo que para ellos era la democracia. Hace unos días me encontré en una de las carpetas que guardo amorosamente -porque fue una etapa preciosa de mi vida – uno de aquellos escritos. Le comparto uno de sus párrafos: “No puedo creer que todavía haya tanta gente que pueda seguir creyendo que lo que tenemos es democracia. Hay un montón de mentirosos en los cargos públicos, verdaderos depredadores de ideales, pero también los hay en los medios de comunicación, no se diga en los sindicatos, en los partidos políticos y también en las universidades. Y saben perfectamente que si saliera a la luz todo el mugrero que ellos conocen porque lo han hecho o porque son cómplices, todo se caería en segundos. Su permanencia en donde están depende de su capacidad para tapar la verdad, y así empalman mentira sobre mentira y a seguir mintiendo hasta la eternidad. ¿Cómo puede haber democracia en un lugar donde se tienen semejantes prácticas? ¿Cómo puede haber buenos gobiernos si los que están en ellos son una runfla de depravados sin escrúpulos? Las elecciones son una farsa cada X tiempo. No hay democracia”. Hasta aquí el texto del joven universitario.

Todavía no habíamos tenido las raterías perpetradas durante la administración de Humberto Moreira, que hasta la fecha siguen impunes en Coahuila -y seguirán hasta que los verdaderos dueños de la entidad decidan darse la alternancia y elijan un Congreso que los represente a ellos y no al Gobernador en turno y a su partido-, todavía la delincuencia organizada no se organizaba en nuestra entidad, como lo está hoy día… Y ya el jovencito tenía semejante opinión del régimen. 

La naturaleza de un régimen se conoce por sus frutos. El que priva en Coahuila no está para dar ejemplo, y algunos dirán que cómo machaco lo mismo en mis escritos, que voltee a ver en donde no gobierna el tricolor, y les contesto que no me ciego, y que repudio tanto a uno como a otro, cuando se igualan en sinvergüenzadas. Jamás será sano un régimen en el que no se escuche a la sociedad y se imponga lo que la autoridad determine, nomás porque es autoridad; en el que no haya respeto a las ideas que no le son  proclives y su respuesta estribe en una andanada de tolerancia despectiva. Uno en el que la distribución del poder responde al secreto reparto del mismo entre los poderosos y en el que el ejercicio de la libertad de expresión sea tan solo una parodia, porque lo que priva es la cobarde complicidad del silencio. Un régimen en el que la visión no es acorde a la confianza en el porvenir, sino a las ataduras a un pasado tenebroso, uno en el que la repartición de la riqueza no sea producto del trabajo y la inversión, sino de la prevaricación de funcionarios. 

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Me rebela la contemplación impotente de un pueblo que está viendo como el régimen lo está destruyendo de forma progresiva y no mueve ni un dedo para impedirlo. ¿Cómo podemos permanecer inconmovibles cuando estamos viviendo en una entidad que se ha ido convirtiendo en paradigma de corrupción política e impunidad? Estamos cayendo en el vacío. El control casi absoluto de los medios de comunicación pagados con largueza de la nómina pública, ha anestesiado a la población y la conduce a un erratismo moral estremecedor. Se han convertido en altavoces de los planes perversos de ingeniería social que han prostituido el alma de los más apartados del bienestar general. Han fabricado zombis en las barriadas con la fusta de la despensa o con la de la amenaza y el ensañamiento, ejercido por sus lideresas a quien se les escapa del “corralito”. Y a sus adversarios potenciales los trituran con el desprestigio y la calumnia pagada, vía los medios a su denigrante servicio. 

¿Qué motivos tenemos para seguir callados? ¿Qué vamos a hacer para cambiar el destino de nuestra casa común? Tenemos que recuperar nuestra conciencia crítica, sustentada en valores que han ido cayendo en desuso pero que están vivos en el yo interno, como son la solidaridad y la indignación colectivas ante este embate de corrupción e injusticia impuestas por el régimen vigente, de tan larga e infausta data. Alternancia, señores, alternancia.


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