A la memoria de Blanca

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“Porque Chihuahua quiere ser libre: exigimos democracia” decía la manta que sosteníamos algunos jóvenes en la explanada de Los Pinos.

Era 1986, el fraude electoral de Chihuahua marcó el inicio de la transición democrática. Quizás fue el mes de julio de ese año cuando me llamaron en la noche para decirme que conocería a Blanca Magrassi de Álvarez, la esposa de don Luis H. Álvarez. Que de ahí íbamos a ir a otra parte, que no podía decirse por teléfono pero que tenía que estar en las oficinas del PAN a las 5:00 am del día siguiente. Yo tenía 18 años, estaba realmente emocionada.

Cuando nos reunimos en aquella madrugada, nos dijeron que íbamos a Los Pinos a protestar y a pedir una cita para que el Presidente de la República atendiera a Blanca. Ella estaba en la ciudad de México pidiendo una audiencia con el presidente y don Luis H. Álvarez estaba en huelga de hambre en Chihuahua.

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Nos subimos en los coches. Unos iban en la cajuela, yo iba en el asiento de atrás de una camioneta. Entramos por la puerta grande, por la de Constituyentes, la que es de hierro forjado de color verde. Nos dejaron pasar porque manejaba un diputado panista que dijo que tenía alguna cita ahí. Al cruzar la puerta para entrar a Los Pinos,  se me hundió el estómago. Ese momento me marcaría para siempre. Los coches se detuvieron en la explanada frente a la puerta principal, la que ahora sé muy bien que es la puerta número uno. Bajamos la manta, la estiramos y nos quedamos de pie, mirando hacia el Escudo Nacional sobre la entrada.

  Blanquita bajó de un coche, caminó hacia la puerta con la sencillez y dignidad que siempre tuvo en su vida tratando de entrar a las oficinas; ahí iba, valiente, patriota, decidida. La detuvieron elementos del Estado Mayor Presidencial que ya nos habían rodeado. Con toda tranquilidad, sin miedo, les dijo que venía a hablar con el Presidente de la República a quien había pedido audiencia reiteradamente desde hacía semanas; que en Chihuahua se estaba dando una lucha democrática. Nunca le permitieron entrar, nos quedamos todo el día al sol. Platicamos con ella mucho tiempo, hasta la noche que nos pidieron que nos fuéramos. Había acabado nuestro acto de resistencia civil. Parecía algo insignificante, era el comienzo de algo que no iba a detenerse. Desde entonces la asocié con la esperanza y la decisión.

Del evento nada quedó registrado. Una persona tomó fotos desde la calle (le retiraron el rollo);  otro de nosotros tomó algunas fotos y le retiraron la cámara. Ese día la recuerdo amable, reflexiva y segura de que su lucha por la democracia valía la pena. Nosotros también, y la acompañamos con admiración en la protesta frente a Los Pinos.

A partir de entonces la vi trabajar por las mujeres para que llegáramos a puestos de toma de decisión, para capacitarnos, para poder decidir. Se convirtió en amiga de dos mujeres, también extraordinarias, que me enseñaron como ella a luchar por los derechos de las mujeres: María Elena Álvarez de Vicencio y Mercedes, como le decía blanca a mi mamá.

Supe de su decisión de ser candidata al Senado de la República por el estado de Chihuahua porque don Luis contaba —entre risas— que él le había sugerido que no fuera candidata. Blanca lo escuchó atentamente y después hizo lo que quiso: aceptó la candidatura.

Blanca también tuvo una marcada vocación por la educación. Fundó una escuela que siempre estuvo al día en las técnicas educativas y tecnológicas. Miles de jóvenes pasaron por su escuela que un día visité.

Blanca Magrassi nos enseñó a las mujeres que no basta acompañar, ni trabajar al acompañar, también había que hacer cosas, buscar retos, ir por ellos. Al final de cuentas no excluye una cosa a la otra.

El último día que la vi, hace unas semanas, fue en Chihuahua en una visita que le hice a don Luis y a Blanca. Platicamos de lo que estaba pasando en México, de la corrupción, de la desconfianza. Al final me dijo: “Que vas por la Presidencia de la República, ¿verdad?”  Sí Blanquita,  voy para allá, le dije. Me sonrió, me miro con sus ojos claros, para decirme: “¡Qué bueno!, me da gusto, ¡qué valiente!”. No era raro que hablara de valentía porque toda su vida fue valiente.


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