¿Un domingo siete?

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Las elecciones serán mañana domingo. Además, día siete. ¿Acabarán en un “Domingo Siete”, como el del cuento? ¿Como una broma boba sin trascendencia? Sus resultados dependerán de lo que quiera la ciudadanía. Pero los acontecimientos externos que surjan durante la jornada electoral no serán culpa de los votantes. Hay muchas circunstancias previas, ajenas a las urnas mismas, que tensan el ambiente y que auguran incidentes.

El mejor consejo a los que harán fila ante las casillas es mantener la calma y reaccionar con sensatez ante cualquier acto que intente alterar el orden que pide un acto cívico democrático.

En la inmensa mayoría de las casillas no ocurrirá ningún desorden. Los medios registrarán las excepciones y les darán toda la atención que los articulistas y los jefes de redacción requieren, siempre ávidos de noticias y encabezados sensacionalistas. También serán crónica internacional. No hay que olvidar empero que, a la postre, lo que quedará es lo que los votantes hayan decidido este domingo.

Es claro que la tensión que reina es resultado de muchos antecedentes que destapan lo “bronco” del pueblo, organizado por los que incitan la tensión con el declarado propósito de desaparecer el Estado tal y como lo conocemos, con todo y su inacabado proceso de desarrollo democrático. El crimen organizado que estalla en tantos lugares del país es la otra realidad que se suma a la incapacidad del gobierno de resolver ni un reto ni el otro, lo que conforma el funesto escenario actual donde converge esa dupla que no se resolverá de un solo golpe.

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De nada vale tratar de forzar el paso queriendo que todo se arregle con las elecciones del domingo. Una visión de largo plazo obliga a tenerle paciencia a la evolución política, económica y social de México.

El desarrollo de nuestra democracia ha llevado un lento paso desde que la presión ciudadana se organizó para obligar a las autoridades a asegurar condiciones electorales limpias. La lucha cívica amainaba cuando ese fin ayudaba a consolidar al gobierno, pero nunca pudo decirse que su voluntad le era favorable.

Las instituciones e instrumentos electorales de hoy no fueron creaciones de momento.
Tampoco lo será la aparición de la consciencia ciudadana y el clima de respeto recíproco que la democracia requiere.

El domingo que viene es una ventana y a la vez un paso al futuro. En la confusión actual es difícil apreciar el significado de los acontecimientos y el rumbo hacia donde camina la sociedad mexicana. El devenir del país está determinado por corrientes profundas del sentimiento nacional. Si se les reconoce e impulsa, el desarrollo cívico de México irá surgiendo a la superficie de los acontecimientos al ritmo que marque su progresiva maduración.

Durante ese arduo proceso, el Estado está obligado a proteger, con todos los medios a su disposición, a la población en contra lo que pueda descarrilar el camino hacia el progreso y la tranquilidad de la sociedad, es decir, aquellos abusos y crímenes que lo intercepten.

Todos los niveles de gobierno se ven sus constantes e intencionadas traiciones a su inaplazable tarea de defender los intereses nacionales y los de la ciudadanía. Ello ha destruido la confianza en las autoridades. Los partidos políticos tampoco atienden sus responsabilidades, ni mucho menos lo hacen los grupos empresariales. Prevalece en ambos el binomio de votos y ventas en el que se resumen sus respectivas motivaciones: los privilegios del poder político y económico.

Las evaluaciones y recomendaciones académicas abundan. Las autoridades están llamadas a actuar con acciones valientes y sin cobardía.

Las organizaciones ciudadanas podrían, si lo quieren, demandar la atención efectiva a los intereses básicos de la existencia humana: accesos seguros a alimentación, educación, salud y techo. Así armonizados, cada voto debería expresar una exigencia, simple y clara, de esos mismos intereses elementales que son la base de la convivencia.

Por ahora, las elecciones serán el caótico resultado del desorden político y social. De ellas podremos sacar el provecho de proponernos a enderezar nuestra circunstancia exigiendo a los funcionarios que queden electos el cabal cumplimiento de sus compromisos y obligaciones. De no entender así la coyuntura, las tan esperadas elecciones acabarán siendo un “domingo siete”, como aquél del cuento.


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