Trump y su contexto

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Hace un par de meses, cuando Donald Trump anunció su candidatura a la presidencia de Estados Unidos, la cuarta en los últimos 16 años, la gente lo consideró como una extravagancia más del empresario multimillonario, un desesperado llamado de atención. Hoy se convierte en un peligro real para Estados Unidos.

El arranque de su candidatura fue por demás controversial, con un claro mensaje en contra de los migrantes, específicamente los mexicanos, Trump optó por una línea discursiva que exalta los odios raciales como método de posicionamiento mediático. No sólo nos llamó narcotraficantes y secuestradores, días más tarde aseguró que también éramos asesinos. Jamás se retractó de sus dichos. Pocos sabrían que éste sería el inicio de una campaña abiertamente racista que pone en riesgo todo lo logrado por este país.

Y es que Donald Trump es el liderazgo político de las rutas fallidas. Pretende recuperar la grandeza de  Estados Unidos con fórmulas de política pública dignas del medievo, nacidas de la peligrosa combinación entre ignorancia e intolerancia. Sin embargo, la discriminación y el populismo —tan atractivos para los sectores retrógradas de la sociedad norteamericana— son vías sin salida a las que grandes bloques de votantes en ese país se han opuesto sistemáticamente en el pasado reciente.

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Ya en 2012 los estadunidenses le dijeron no a los potenciales abusos de poder en contra de la población migrante. Tras la derrota en la elección presidencial, el Partido Republicano tuvo que emprender una ruta estratégica de reposicionamiento frente a distintas audiencias clave y que hoy amenaza ser descarrilada, a partir de las ocurrencias programáticas que Donald Trump lanza para congraciarse con la base más reaccionaria del votante estadunidense. Esto a pesar de que los republicanos necesitan, al menos, cuatro de cada diez votos latinos para afianzar su regreso a la oficina oval de la Casa Blanca.

No se puede negar la atención que ha generado el posicionamiento de Trump; incluso ya hay gente que lo ve como el candidato republicano para las elecciones del 2016; sin embargo, las ocurrencias de Trump tienen eco por la juventud del proceso preelectoral, por el alto reconocimiento de marca que el magnate tiene frente a otros candidatos que apenas empiezan, y porque ha recurrido a polarizar su discurso para ganar aceptación de cara a las primarias partidistas. Todos estos factores explican el efecto burbuja del que hasta hora disfruta.

Sin embargo, al margen de las acciones de movilización y repudio que la dinámica de la contienda electoral pudiera desatar en contra de la propuesta Trump, el efecto burbuja enfrentará barreras institucionales que deben poner a este personaje político en el lugar que merece.

De acuerdo al estudio de Civis Analytics —consultora fundada por el asesor de campaña del presidente Obama, Dan Wagner— Trump encuentra una importante base de apoyo en electores que no participan con regularidad en las elecciones primarias, por lo que su popularidad está sobreestimada.

Sin embargo, no debe minimizarse su impacto. Burbuja o no, Donald Trump ha despertado el racismo que siempre ha estado latente en la sociedad norteamericana y puede seguir ganando adeptos por lo que tiene que ponerse mucha atención a una polarización de esta dimensión.

Aún falta mucho camino por recorrer y la sociedad norteamericana se debe cuidar de caer en esos extremos raciales que tanto daño le hicieron hace unas décadas y deben demostrar al mundo la vigencia de los valores universales que dan forma a la convivencia global.


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