Tres años de pobreza, corrupción y violencia

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¿Y qué decir del combate a la corrupción?

Tres años de mal gobierno son una carga que pocos pueblos soportan sin hacer nada: Deberíamos seguir el ejemplo de los guatemaltecos. Recorriendo un sendero que está convirtiéndose en un vía crucis de estancamiento económico, corrupción y violencia, esta primera mitad de la restauración priista ha resultado un trauma nacional.

Estando por cruzar el ecuador de su mandato, el presidente Enrique Peña Nieto  nunca pensó que llegaría a su Tercer Informe de la manera en que lo está haciendo. Con casi nada qué informar, una creciente impopularidad, hundido en el descrédito y con una imagen internacional prácticamente deshecha, nuestro gobernante presenta ante una nación que ya no le cree, los supuestos resultados del que ha sido sin duda el año más problemático para su gobierno.

Con una aprobación social menor al 35 por ciento, a dos de cada tres mexicanos el Tercer Informe simplemente no les interesa, o no creen lo que en él se dice. Más allá del voto duro del priísmo, Peña Nieto se ha quedado sin interlocutores entre la población.

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La incredulidad de la ciudadanía no es gratuita, pues la administración pública federal se ha encargado en cimentarla sólidamente. No obstante contar con el apoyo de las fuerzas políticas para llevar a cabo las reformas estructurales necesarias para reencauzar al país, las cosas simplemente no funcionan.

Un gobierno que prometía desarrollo económico y empleo, no ha cumplido ni una, ni otra cosa. De crecimientos proyectados  cercanos al cuatro por ciento, el aumento promedio del PIB de apenas el 1.9 por ciento en estos tres años sólo significa estancamiento, pues apenas compensa el aumento de la población.

De igual forma, en lugar de generar los más de tres millones de empleos requeridos, apenas si llega a 1.6 millones, condenando con ello a la mayoría de los jóvenes que se intentan integrar al mercado laboral a permanecer en calidad de ninis, incorporarse a la economía informal, o emigrar.

Estos problemas económicos no son sólo achacables a las difíciles condiciones de la economía mundial, como nos lo ha querido vender el gobierno, quien ha contribuido enormemente con una “Reforma Fiscal” mal hecha, que además de recaudar sólo un par de puntos adicionales del PIB y mantener enormes lagunas que facilitan la evasión, ha significado la ruina de miles de pequeños negocios que no han logrado superar la transición de REPECOS, al Régimen de Incorporación Fiscal.

Lo mismo podemos decir de profesionistas y prestadores de servicios. A eso hay que sumar el recorte de más de 124 mil millones de pesos en el presupuesto federal, que se ha realizado en áreas sensibles que han acabado por deprimir el mercado interno. 

Aunado a una economía que no arranca, sucesos como la Casa Blanca, Ayotzinapa o la fuga del Chapo han calado profundamente en la opinión pública; han desnudado tanto la corrupción como la incompetencia, el pasmo y la falta de ideas de este gobierno al momento de enfrentar las situaciones de crisis. Para un pueblo como el mexicano, de naturaleza desconfiado, esto no ha hecho más que incrementar su escepticismo.

Es tal la pobreza de lo que se puede informar, que resulta ilustrativo lo desapercibida que ha pasado la difusión de los “resultados” del tercer año de gobierno. Los spots en radio y televisión, que por cierto son una calca de los que daban a conocer los compromisos cumplidos cuando Peña fue gobernador del Estado de México, se revelan vacíos.

Simples estadísticas de acciones realizadas, no reflejan los tres años de deterioro sufridos por el país en casi todos sus ámbitos. Ya no pagar 700 pesos anuales en larga distancia en telefonía le significa poco a una familia cuyo poder adquisitivo disminuye en más del 3%; entregar 14 millones de pantallas planas no elimina el rezago tecnológico del país; repartir 700 mil tablets en las escuelas en poco ayudan a  mejorar el lugar 53 del país en la prueba PISA.

Han sido ya varios años como para que la camarilla mexiquense en el poder se diera cuenta de que gobernar el país resulta algo muy diferente a administrar una entidad federativa. Sin embargo, la curva de aprendizaje de este régimen ha sido inusualmente larga.

Por más que se han intentado maquillar las cifras, las dimensiones del desastre están saliendo a la luz. Con el dólar en más de 17 pesos, escalando a máximos históricos, dos millones más de pobres, la delincuencia desbocada y el derrumbe de la imagen internacional del país, las malas noticias son demasiadas como para poder borrarlas de la conciencia social con propaganda.

Nada cambiará ya la evaluación negativa que la sociedad ha hecho de la primera mitad del sexenio. ¿Qué se puede esperar para los próximos tres años? Algunos elementos nos pueden dar pistas de ello, aunque la perspectiva no es nada halagüeña. El presidente y sus Peña Boys quieren seguir interpretando la misma melodía, sin entender que no es ya la pieza que el país quiere oír.

Para muestra nos bastan algunos botones. Por ejemplo, los recientes cambios en el gabinete no son producto de un ejercicio de autocrítica ni mucho menos representan un  intento por mejorar el pobre desempeño gubernamental, sino que  responden a una lógica de reacomodo con miras a la sucesión presidencial de 2018. Se intenta ampliar el ramillete de candidateables en una caballada bastante flaca. No fue el aumento de la pobreza lo que supuso la salida de Rosario Robles de SEDESOL, más bien fue la necesidad de colocar a José Antonio Meade en una posición políticamente más adecuada.

Por otra parte, no obstante la crítica generalizada hacia la ineficacia de los programas gubernamentales, la cual es compartida incluso por instancias como CONEVAL, no se ha observado un intento por reestructurarlos y mejorar sus resultados. ¿Y qué decir del combate a la corrupción? La reciente mascarada llevada a cabo por el secretario de la Función Pública en el caso Higa, resulta más que elocuente.

Salvo que ocurra un hecho casi milagroso, serán para los mexicanos tres años de disfrutar el mismo bufet. Todo parece indicar que el paquete económico 2016, con todo y el Presupuesto Base Cero, reflejará la misma inercia: una proyección de crecimiento que no se cumplirá, una miscelánea fiscal asfixiante, recortes y más recortes en áreas prioritarias, opacidad y falta de transparencia en el ejercicio fiscal.

Para evitar que las cosas sigan igual y el país caiga irremediablemente en los próximos tres años en el despeñadero, sólo la acción responsable de la oposición política, pero sobre todo la presión de la sociedad civil, cuya voz sigue sin escucharse, podrán obligar a enderezar el rumbo a un capitán ciego y sordo que pareciera querer emular a escala nacional la tragedia del Costa Concordia…


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