¿Tolerancia o cobardía?

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Un foco rojo para 2015 es el irracional boicot a los procesos electorales en Guerrero con el que amaga la Coordinadora Estatal de los Trabajadores de la Educación de aquella entidad (CETEG). So pretexto de la exigencia de encontrar con vida a los 42 normalistas de Ayotzinapa desaparecidos, este grupo —al que poco o nada le importa la educación— hace y deshace a sus anchas ante la mirada complaciente del gobierno de la República y aprovechando que tienen a un inútil como gobernador.

No contentos con tener al estado de cabeza, creen que su valentonada les alcanza para cancelar uno de los derechos humanos fundamentales: votar y ser votado. Y es que ya le tomaron la medida al gobierno. Aquí le llaman tolerancia a lo que en realidad es cobardía. Aducen respetar la libertad de expresión siendo que ésta tiene límites previstos en el 6º constitucional: el respeto a “la moral, la vida privada o los derechos de tercero; cuando provoque algún delito o perturbe el orden público”.

Tampoco ejercen su derecho de petición pues éste debe formularse “por escrito, de manera pacífica y respetuosa” (artículo 8º) . Y por si fuera poco, el 17 constitucional dispone que “ninguna persona podrá hacerse justicia por sí misma, ni ejercer violencia para reclamar su derecho”.

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Como se puede ver, la letra de la ley suprema no deja lugar a dudas. Hacerla cumplir no es potestativo, sino imperativo inexcusable. La protesta social tiene cauces que se deben respetar. En realidad lo que la CETEG y otros grupos afines hacen se llama vandalismo y delincuencia. Colectan dinero de los automovilistas que transitan por las autopistas de cuota que administra el Estado dizque por y para Ayotzinapa. Es un robo o extorsión disfrazados y tolerados. Y dado que sus actos no ameritan castigo alguno más allá del repudio impotente de la sociedad, pues le suben al volumen e intensidad de sus demandas.

De por sí el desencanto ciudadano por la clase política es creciente. La imagen de los partidos anda por los suelos y con sobrada razón. La gente difícilmente alcanza a ver la diferencia entre unos y otros. Todos los políticos somos igual de vulgares, incompetentes y corruptos, repiten en coro. Y eso conlleva naturalmente a una menor participación en las elecciones, sea por abstencionismo o por la anulación del voto. En todo caso, es una pésima forma de manifestar el hartazgo pues a menor participación la probabilidad de que lleguen los peores candidatos a ocupar los cargos públicos es mayor, tan solo por “operación política”, que no es otra cosa más que el disfraz de la compra de voluntades.

Pero el desencanto ciudadano podría ir más allá. Destaca The Economist en su última entrega intitulada “El pantano mexicano”, que el mayor beneficiario del escepticismo que genera el desempeño del presidente Peña Nieto (y yo agregaría, la clase política en su conjunto) se llama Andrés Manuel López Obrador, un populista mesiánico. Y México merece algo mejor, remata el texto. Coincido. No es solo la credibilidad del Presidente lo que está en juego. Se arriesga la viabilidad del país.


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