Somos libres para apoyar a AMLO

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Por: Aminadab Pérez Franco

El presidente López Obrador ha repetido una y mil veces que su gobierno respeta la libertad de expresión. Se ha quejado frecuentemente de los ataques que le lanza la prensa conservadora que -según él- en el pasado calló sumisamente sobre la corrupción de los gobiernos anteriores. Dice y dice que su movimiento no es autoritario y que nunca como ahora se habían expresado en forma tan libre las opiniones políticas en el país.

Desde luego que hay una plena libertad para apoyar al presidente. Inclusive, hay estímulos e incentivos para los periodistas que se sacrifican cada mañana para estar cerca de él y transmitir de primera mano al pueblo el sentimiento presidencial expresado en sus conferencias de medios. Por una parte, ha saltado a la fama una nueva generación de periodistas como “Lord Molécula” y, por otra, se le ha hecho justicia a personalidades como Isabel Arvide cuya línea periodística fue premiada con el nombramiento de embajadora de México en Turquía.

Resulta extraño entonces que en un ambiente de tanta libertad de expresión haya ocurrido un exabrupto como el dado a conocer públicamente en el espacio digital del periodista Ricardo Alemán por el colega Ángel Verdugo, el cual ocasionó su salida del Periódico Excélsior y de las emisiones de Grupo Imagen:

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“Se me informa el jueves (25 de febrero) por la noche, que había unos temas que yo no podía tocar: Tren Maya, Dos Bocas y Aeropuerto Santa Lucía, y tampoco criticar al presidente… entonces, pues ya estoy muy viejo yo para andar aceptando esas ordenes absurdas cuando uno hace periodismo de opinión… Podía haberme quedado sin problema alguno, sin embargo, mi forma de ver las cosas no me permite caer en esa abyección…”

Desde la perspectiva presidencial, extraña que la decisión de Verdugo se asemeje al rumbo adoptado por otros periodistas incómodos para el nuevo gobierno como Carlos Loret y Brozo al separarse de Televisa; o a los tomados por Leonardo Curzio, Sergio Sarmiento, Jesús Martín Mendoza y algunos más al dejar sus programas radiofónicos; a la salida del aire en el Valle de México de la emisión de Pedro Ferriz de Con, al exilio periodístico de Pablo Hiriart y al acoso interminable contra espacios digitales como los que sostienen Ricardo Alemán o Juan María Naveja.

La lista, denominada alguna vez como la de los “periodistas chayoteros”, es amplia y va más allá de los aspectos comerciales, de rating o de influencia, porque el común denominador de estos movimientos en las empresas de medios ha sido prescindir de quienes mantuvieron una línea periodística de opinión crítica.

Por supuesto que hay otra larga lista de comunicadores quienes seguramente agradecen los amplios márgenes de libertad con la que ejercen su labor periodística como nunca antes: Carmen Aristegui, Jorge Zepeda Patterson, Fabrizio Mejía, Jenaro Villamil o el periódico La Jornada entre muchos otros. En este ámbito se debe considerar también cómo influyó la nueva línea en materia de comunicación social establecida a partir del nombramiento de Sanjuana Martínez como directora de NOTIMEX, que indudablemente ha ensanchado los márgenes de libre expresión a favor del gobierno.

El periodista Armando Reyes Vigueras clasificó, en un artículo publicado en Etcétera el 7 de diciembre de 2020, a quienes denominó como los “nuevos chayoteros” donde incluye a medios que hasta antes del presente sexenio eran desconocidos; a youtubers que ganan dinero al apoyar al gobierno lopezobradorista, o que replican los temas mencionados por el presidente en sus mañaneras, o que atacan a quienes critican al Ejecutivo; sin olvidar a los medios que desde tiempos ancestrales han tenido como base de su negocio ceder su línea editorial a cambio de publicidad oficial.

Desde luego que las descripciones de Reyes Vigueras no son otra cosa que el efecto de haber eliminado las restricciones que quitaban la voz a muchos comunicadores y opinadores que hoy proliferan en los medios públicos de radio y televisión quienes, por fin, pueden criticar los hechos del pasado y narrar una nueva versión de la historia patria en los medios electrónicos masivos.

Y no obstante estos cambios, el presidente de la República sigue quejándose de que nunca en la historia la prensa le había pegado tanto a un gobierno. Hace casi un año, el 22 de abril de 2020, López Obrador estableció que en México no hay un periodismo profesional e independiente y que está muy lejos de la ética y de la objetividad. Y así como ha ocurrido el enfrentamiento presidencial contra sectores económicos, contra actores políticos y contra organismos autónomos, cada cierto tiempo el discurso presidencial arremete contra diferentes periodistas y medios, ejerciendo presión hacia el duopolio de Televisa y Televisión Azteca, hacia periódicos como Reforma o El Financiero e incluso contra algunos diarios cuya línea ha sido, a lo más, ligeramente crítica como Milenio o El Universal.

La lucha por la plena libertad de expresión en México incluye por supuesto la iniciativa de ley presentada por el coordinador de la bancada de MORENA en el Senado, Ricardo Monreal, para regular Internet y las redes sociales la cual, bajo la consigna de que un ente privado no puede privarte de tus derechos, le daría al gobierno la posibilidad de ordenar la cancelación de cuentas individuales de ciudadanos en redes sociales como Facebook, Twitter o YouTube e imponer multas millonarias a quienes distribuyan noticias falsas, entre las que podrían considerarse todas y cada una de las opiniones a favor o en contra del gobierno.

Muchos mexicanos que no tienen acceso a la tecnología o la disponibilidad de tiempo para dedicar algunos minutos u horas a navegar en el ciberespacio, quizá ignoran la guerra que ocurre todos los días y a toda hora en Internet, donde empresas y grupos políticos bombardean con mensajes, invierten en el desarrollo de ejércitos de robots digitales para perseguir opiniones contrarias, han desarrollado estrategias de comunicación digital que manipulan los sentimientos y emociones de los usuarios de la red, ya sea para vender productos, lanzar propaganda y consignas, o para acosar y perseguir, reiteramos, a los líderes y comunicadores que han encontrado en la red un espacio propio ante la exclusión de sus opiniones en los medios impresos y electrónicos.

También aplican en Internet la plena libertad de expresión para apoyar al gobierno y los inmoderados excesos de haters reales y troles virtuales con sus ofensas e intimidación escondidas en el anonimato para alterar las reacciones hacia publicaciones o comentarios; la persecución casi inquisitorial contra los “chayoteros” que apoyan “ideas del pasado” como la libertad, la democracia, la división de poderes o el libre mercado; el bombardeo de insultos o denuncias destinadas a reventar cuentas de ciudadanos que tienen la osadía de lanzar alguna crítica, así sea constructiva, o hasta las prudentes sugerencias de rectificación.

En democracia, somos libres para opinar, para apoyar o para criticar y sabemos que las respuestas adversas pueden ser de un odio desproporcionado e irracional por los más diversos motivos. Pero no olvidemos que una de las premisas básicas de la democracia es que con el pensamiento no se delinque. Concentrar el poder no es democrático y perseguir a los críticos siempre ha sido una forma de autoritarismo.

Para ejemplificar el momento actual sobre la libertad de expresión y el ejercicio periodístico cerremos con un par de citas de Voltaire, pera ver cómo una misma voz puede tener una reflexión distinta en razón de las circunstancias.

La que aplica para el pasado: “Yo no estoy de acuerdo en lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo”.

La que aplica para el presente: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento, muera el que no piense como yo”.

Así hay muchos que antes veían la libertad de una forma y hoy la ven de otra, pero el reto a nuestro alcance como ciudadanos es ser congruentes y demócratas por siempre, defender la libre expresión siempre y opinar siempre.


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