Serrano Migallón, historia republicana

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Murió Fernando Serrano Migallón. Su vida terminó al tiempo que se derrumba la razón de su vida: la Constitución mexicana y su historia. Maestro generoso. Cultivé una amistad entrañable, en la que, sin duda, él me dio mucho más de lo que yo pude aportarle. Me llevó por los caminos de la república española; conocía y contaba con exquisitos detalles la vida de Manuel Azaña, el último presidente, aunque también la del exiliado José Maldonado González. Serrano era sangre exiliada. El exilio español era su pasión. Lo mismo citaba versos de memoria de Luis Cernuda, que de León Felipe. Le causaba gracia que le dijera que la filosofía poética de María Zambrano, la había construido en Morelia, Michoacán, la tierra del emperador Agustín de Iturbide.

Fernando Serrano sabía cocinar, dibujar, conversar; veía la historia de México con detalle, no como un duelo maniqueo entre pueblos originarios y pueblos derivados. No como el cuento entre Abel contra Caín, que sermonean los obradoristas, para tapar sus ineptitudes. El pasado para Serrano Migallón era sagrado, no arma arrojadiza contra mexicanos.

Escribió entre muchos libros, uno curioso, sobre “El grito de independencia”, donde afirma que Porfirio Díaz colocó la campana de Dolores, el 15 de septiembre de 1896. Le dije que Paul Garner, el biógrafo del oaxaqueño, decía que la campana la trasladó a la Ciudad de México, un año antes, en 1895. Me respondió: “es peligroso leer tanto, te confunde…”. Su humor era culto e inteligente, no humillaba, reconocía errores, verificaba, pero era férreo defensor de sus valores, los de la república.

Pero ante todo Serrano Migallón era un universitario cabal. No militó ni en el porrismo estudiantil, ni en la lambisconería con el Rector en turno. Sabía y estimulaba el mérito escolar. No satanizaba la evaluación docente y la del alumnado. Amaba a la Universidad Nacional porque era pública, no estatal y menos partidista. Era irredento “Puma”. Caminaba, con naturalidad, sin teatralidad en el campus, lo mismo en las aulas de Economía que en los pasillos de Derecho. La academia era su mundo. La UNAM pierde a uno de sus gigantes.

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Serrano Migallón, laico cabal, no era religioso; pero estoy seguro que lo volveré a ver en esa “república eterna” que abraza lo mismo a creyentes que ateos. Mientras tanto, lucharemos, con su vertical ejemplo, por recuperarle el decoro a la historia constitucional mexicana, que en estos días vive una de sus peores páginas. Las páginas que escribió el maestro Serrano Migallón —muchas en EL UNIVERSAL— nos comprometen, son fuego de recuerdo en la conciencia de los que queremos vivir con civismo, como enseñó Serrano Migallón.

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