Ricardo Anaya: ¿Hamlet o Narciso?

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La sala de juntas de la sede nacional del PAN está dominada por los retratos de los presidentes que lo han conducido en sus casi 80 años de vida. La mayor parte de ellos abandonó sus filas eventualmente, aplastados por ataques internos. “Me voy por asco”, declaró en abril de 1998 Carlos Castillo Peraza cuando le tocó el turno del adiós, luego de tres décadas de militancia.

Es posible que esas historias causen repulsa en el nuevo dirigente del panismo, Ricardo Anaya, quien a cinco meses de asumir el cargo, no despacha en el cuartel general del panismo, sino que acondicionó dos pisos de la Torre Azul, frente al Senado de la República, donde por otro lado es un personaje ausente, inaccesible.

Quienes siguen de cerca el estilo personal de Anaya Cortés describen como “exasperación” el ánimo que domina a los cuadros dirigentes, legisladores, líderes estatales e incluso candidatos, que por meses no han podido dar con el camino que conduce a una conversación de frente con su presidente de partido.

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“La mecánica es que los temas sean planteados a Damián (Zepeda Vidales, secretario general), y él se los expone a Ricardo. Si tienes suerte, te contestan en un mes”, expuso a este espacio un dirigente que debe tomar decisiones todo los días para atender la encomienda recibida, ligada con los procesos electorales en marcha.

Además de Zepeda, otro personaje opera como álter ego de Anaya: Santiago Creel, quien tuvo un peso notable en el PAN de Gustavo Madero, al grado de representarlo en las negociaciones para el Pacto por México. Creel conservó su influencia, lo que le ha permitido ser la última voluntad en candidaturas para sus cercanos.

Esta dinámica ha tropezado en las últimas semanas con dos baches: Colima, donde tras ser derrotado por 500 votos en la elección ordinaria, el aspirante panista Jorge Luis Preciado fue sepultado con más de 10 mil sufragios de diferencia en los comicios extraordinarios, en medio de escándalos personales pero también de acusaciones de que Anaya y Creel lo dejaron solo.

El otro tropezón será el que aborte las alianzas PAN-PRD en Tlaxcala y Puebla, lo que está siendo leído como un primer asalto entre Anaya y el gobernador poblano Rafael Moreno Valle, con rumbo a la postulación presidencial de 2018.

Las decisiones se han diferido reiteradamente, porque se trata del sello de la casa. Un amplio grupo de panistas clave consultado para este texto concluye que las reservas de Anaya para ejercer su liderazgo se basan en el cuidado de su imagen personal y en la necesidad de no debilitar sus alianzas al interior del partido.

“Puede tomarse semanas para analizar un anuncio de televisión en el que saldrá… pero posponer indefinidamente una reunión con un aspirante competitivo para una gubernatura, especialmente si no lo considera absolutamente leal y subordinado”.

Un ánimo que oscilaría entre el dubitativo Hamlet y el arrogante Narciso.

Otra constante que se le adjudica a Anaya es un pragmatismo que raya en la traición. Lo ejerció sucesivamente con su padre político, el ex gobernador queretano Francisco Garrido, lo aplicó luego con Felipe Calderón y apenas en septiembre pasado, con Gustavo Madero, su antecesor en la presidencia del partido, cuyas aspiraciones a coordinar la bancada blanquiazul fueron descartadas de un plumazo por el nuevo líder.

Apenas unos meses antes, cuando a finales de 2014 le cedió interinamente la presidencia del PAN, Madero había descrito a Anaya como “un liderazgo joven y un político brillante, que ha demostrado amplias capacidades de diálogo, acuerdo y tolerancia. Sin duda, representa al panismo del futuro”. Es improbable que el chihuahuense quisiera repetir hoy esos conceptos.

Anaya Cortés (Querétaro, 1979) nació unos días después de que se cumpliera el aniversario 40 de su partido. Abogado, descrito como brillante en múltiples etapas de una carrera política que comenzó hace tres lustros, a los 21 años de edad, el queretano atrajo la atención cuando desde varias posiciones se convirtió en una pesadilla para el gobierno del priísta José Calzada. En las elecciones del año pasado la gubernatura estatal regresó a manos del PAN, en la persona de Francisco Domínguez, un político que sostiene diversos contrastes con Anaya.

Dirigía Anaya al partido en Querétaro cuando en 2011 fue designado por el presidente Felipe Calderón subsecretario de Turismo. En el lapso de su función visitó Querétaro encontrándose con una emboscada de Calzada: reporteros locales esperaban a Anaya con preguntas filosas sobre supuestos malos manejos con terrenos urbanos que se le atribuyen cuando laboró con el citado gobernador panista Francisco Garrido. Se trata de un expediente venenoso que aparece recurrentemente en el camino del líder nacional blanquiazul.

Aquellos tiempos aguerridos ya acumulan polvo, pues Anaya ha sido señalado por su renuencia a mostrar un rostro desafiante ante la administración Peña Nieto. Nada en su discurso hace recordar los lemas de “patria ordenada y generosa” o la “brega de eternidad” que comprometieron los fundadores.

En 1999 la catedrática Soledad Loaeza publicó un libro pionero sobre la historia del PAN, en el que lo describió como “oposición leal”, porque su ideología no pasaba por demoler al régimen sino reformarlo. Es posible que en una revisión de esa obra el adjetivo de “leal” pudiera ser cambiado por “mansa”. Y describir una nueva realidad: La era de Ricardo Anaya.


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