Retomando el rumbo

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En las tres fuerzas políticas encontramos las opciones ideológicas fundamentales para seguir consolidando nuestra vulnerada y frágil democracia.

Me gusta que las cosas tengan su propia identidad y continuidad.
Václav Havel.

La crítica más persistente al PAN es haber perdido identidad; prometió ser diferente y gobernar con ética. En el poder, no logró ser congruente. La ciudadanía se lo cobró en las urnas. Siempre se percibió como un continuador del pensamiento de Gómez Morin y de González Luna. Presumiendo que origen es destino, ostentó su comienzo como algo que no cesa, de ahí su divisa de ser brega de eternidad.

De los tres partidos grandes, Acción Nacional resolvió mejor la sucesión de su dirigente. En el reciente proceso, votó casi el 50% de sus militantes (lo cual se explica por la lejanía de las urnas y por la percepción de un candidato ganador). En contraste, como bien lo dijo el senador Héctor Larios, en el PRI “tuvieron un porcentaje de participación del cien por ciento, solamente uno tiene el derecho de tomar la decisión”. El único con voto real es el “primer priista del país”. El PRD está tratando de sacar a un presidente por consenso. Le deseo la mejor de las suertes porque en estas tres fuerzas políticas encontramos las opciones ideológicas fundamentales para seguir consolidando nuestra vulnerada y frágil democracia.

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Ricardo Anaya, en su discurso al asumir el cargo, externó tres ideas básicas: 1) el PAN está con los de abajo, frase contundente que rescata la política social sustentada desde su origen; 2) será una oposición responsable para denunciar lo que sea dañino y apoyar lo que sea benéfico para el país; 3) primero México, después el PAN y al final nuestras aspiraciones, por legítimas que éstas sean.

 

En estos tres principios se condensa una nueva etapa en la vida de Acción Nacional. Lo digo como correligionario: estamos ante un político singular, que le transmite al pueblo de México un conjunto de ideas viables, sustentadas en principios y doctrina.

 

Es gigantesco el reto de Anaya. Transformar un partido que en los últimos años se convirtió en botín de pandillas o bien de dirigentes facinerosos que se sintieron sus dueños; un partido que excluyó y exigió obediencia. Hay quienes demandan al nuevo dirigente acciones inmediatas, audaces, mientras otros piden cambios meditados y paulatinos. Por lo pronto, con la designación del coordinador del grupo parlamentario de los diputados —sin ser la ideal, pero efectuada con acertada operación política—, dio un mensaje de independencia.

 

Confío en que Anaya se afianzará cada vez más como el líder que el PAN requiere. Por eso me atrevo a exhortar a los panistas, no a creer en él a pie juntillas o ciegamente, sino a concederle el beneficio de la duda. Es la mínima cortesía en la práctica política y una reiterada actitud de esa cultura panista de la que habla Luis Felipe Bravo Mena y que está en el meollo del humanismo: la confianza en el hombre.

 

No caigamos en la tentación de crear corrientes internas que pueden degenerar en tribus. Tampoco son tiempos de pasar facturas y cobrar agravios. El PAN, desde el ámbito municipal hasta el nacional, está profundamente penetrado por grupos ambiciosos que no tienen ningún escrúpulo en el intento de alcanzar sus aviesos propósitos. Se requiere, por tanto, una depuración.

 

En los próximos días habrán de integrarse los órganos colegiados y de dirección política del partido. Hay que fortalecer la figura del Jefe Nacional —a la cual se referían con mucho respeto los panistas de antaño—, para reconocerle su autoridad y su jerarquía. Jefatura que desafortunadamente se deterioró por las embestidas desde el poder y por las tentaciones facciosas y excluyentes. Ojalá estemos a la altura de un partido de tradiciones y trascendencias.


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