De pronto nos percatamos que las relaciones entre la sociedad y el gobierno han cambiado, en tanto que este último se practica bajo un régimen distinto al que tradicionalmente conocíamos, cambiando el esquema al optar por ejercer el poder en un sistema diferente.
En efecto, la transformación surgida en México se asemeja a una monarquía concentrando la élite gobernante todas las facultades inherentes, sin importar las leyes, el orden o las reglas democráticas, para ello, cuentan con toda la fuerza del Estado.
Si bien, el fenómeno se localiza en diversos países, las particularidades del nuestro hacen observar la situación desde una perspectiva singular, al conjugarse elementos distinguibles que son clave para entender la configuración del nuevo régimen.
El proceso de transición emerge a raíz de una concientización ciudadana producto de décadas de movimientos intelectuales y pensadores que finalmente dieron fruto y propiciaron la participación social provocando cambios y trazando una ruta marcada por un diseño de rasgos eminentemente democráticos.
Las nuevas reglas fueron cambiando los modelos tradicionales y abrieron las puertas al pluralismo, a la deliberación y a la democracia participativa. En breve tiempo, el municipalismo se fortaleció; los Congresos debatían y construían mayorías legislativas; se comenzó a dar la alternancia en los gobiernos estatales y, también en el Ejecutivo Federal.
Sin embargo, los resultados esperados por la sociedad no se dieron ni en forma ni en tiempo, algunos vicios continuaron y surgieron problemas como la delincuencia organizada que no estaban previstos.
Entonces se presentaron características y condiciones propicias ante el desgaste de los partidos tradicionales al surgimiento de liderazgos emergentes, quienes aprovecharon muy hábilmente las circunstancias obteniendo un amplio respaldo ciudadano.
A partir de que López Obrador asume la primera magistratura comienza un cambio profundo en el sistema político mexicano, instaurándose un nuevo régimen que en principio desprecia las leyes y se da a la tarea de desmantelar y destruir las instituciones.
Para ser miembro del gabinete y formar parte del equipo se impone como requisito el noventa porciento de lealtad y diez de capacidad, priorizando desde luego la incondicionalidad y obediencia, en tanto, que se buscan resultados políticos por encima de cualquier aspecto técnico.
Otro aspecto a considerar consistió en la comunicación social, la narrativa y el proceso informativo desarrollando un modelo exitoso, le permitió tener frente a la sociedad no solo la versión oficial de los acontecimientos sino la verdad única.
Si además le sumamos los beneficios de programas sociales que llegan a la gente, la motivación emocional es aún mayor, máxime cuando se acompaña con discursos de odio, en contra de quienes no se someten a la dominación del gobierno.
Ahora, resulta por demás interesante el análisis de los liderazgos para comprender que las estrategias, métodos y resultados son en función del caudillo cuando se impone una dictadura populista, como la que nos ocupa, pues el perfil, estilo y personalidad del individuo son elementos fundamentales.
Sin embargo, la ausencia del líder debilita, fragmenta, confronta y diluye, aparecen grupos reclamando espacios, se pierde la disciplina y se termina por acabar la lealtad, la sociedad se harta y a comenzar de nuevo.




























