Para los propios, complicidad sigilo y discreción…

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En la casa de Morena el fuego amigo está prohibido. No se vale acusar a la misma familia, y menos se vale castigarlos.

El diputado federal Saúl Huerta, del partido de Andrés Manuel López Obrador, está acusado por presunto abuso de un menor de edad y según nuevos reportes periodísticos, de al parecer otros más. Pese a la gravedad del delito y a que todas las evidencias son contundentes en su contra, aún así, la señora jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, le dio todas las facilidades para huir.

La regenta se cubrió los ojos, contó hasta diez y pese a las acusaciones, tardó una eternidad en activar todos los mecanismos para asegurar su detención —es claro que el fuero fue sólo un pretexto—.

Se trataba de que su voto no faltara en los atropellos de la mayoría morenista en la cámara de diputados, ahí estuvo el presunto violador de menores, votando y disfrutando del cobijo de sus gobiernos cómplices.

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Le dieron tiempo de hacer algunas entrevistas en medios alegando su inocencia a ver si la gente no detectaba su cinismo. Esperaron a que el manto sagrado de la 4T enterrara la historia y se olvidaran los noticiarios del sinvergüenza, esperaban que la familia y la víctima olvidaran el daño o, en una de esas, que no tuviera una buena defensa legal.

Permitieron que Huerta se disculpara en entrevistas exclusivas, querían armar una imagen de víctima ante la opinión pública, disfrazaban de santo a un presunto abusador de menores.

Ya lo advertíamos el diputado Christian Von Roehrich y yo, la Fiscalía de la Ciudad de México aplicó el tortuguismo judicial para aprehender al diputado Saúl Huerta. Buscaron la forma de darle todo el tiempo necesario para que desapareciera del mapa, tal como lo hizo. Se fue. La fiscalía lo dejó escapar por órdenes de la gobernante, pero qué tal cuando no son de su partido, declaraciones y circo, conferencias de prensa y celeridad.

Pese a ello, la propia Fiscalía carnal recién reconoció que el menor de edad presenta signos de abuso sexual y que además fue drogado con etanol.

Sin embargo, se enmarañaron intencionalmente en la solicitud de desafuero, la protección del gobierno y lo perdieron de vista.

En qué gran ciudad de primer mundo viviéramos si las autoridades de la CDMX hubieran tenido la misma energía e ímpetu que cuando persiguieron al priista Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre o al petista Mauricio Toledo. Matracas, pirotecnias y conferencias para anunciar la caza de sus contrincantes políticos.

Pero con Huerta no fue así, para él ni una conferencia ni una declaración al respecto, pues son incapaces de reconocer a los criminales que alberga su partido. Para los propios, conocidos, sigilo y discreción; para los adversarios, un circo al estilo Epigmenio Ibarra.

Cuando el presunto delincuente es de casa, se aplica el silencio procedimental. Para ellos no hay caza pública, tampoco hay declaraciones de guerra. A ellos no se les toca y la atención a las víctimas es distante, con malos tratos, al grado de que los familiares han determinado no reunirse con la fiscal Ernestina Godoy.

¡Se tardaron, lo dejaron ir y se les fue! Así es la justicia de Claudia Sheinbaum.


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