Para entender al Presidente

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¿A qué se debe la tenaz propensión por mentir y difundir realidades alternas desde Palacio Nacional? ¿Por qué los malos resultados de las políticas públicas son negados o ignorados pese a la evidencia? ¿Por qué se insiste en lo que no funciona y se atenta cotidianamente contra el sentido común? ¿Por qué la propaganda se ha vuelto tan central y prominente que impone eventos surrealistas, como el recibimiento solemne de cada cargamento de vacunas o la inauguración de una pista de aterrizaje con los tres poderes de la unión? ¿Por qué el plan de vacunación no responde a la necesidad de salvar el mayor número de vidas en el menor tiempo posible?

La confusión y el azoro provienen de dar por sentado que el gobierno quiere lo que la población espera de cualquier administración: que contribuya a mejorar su calidad de vida y enfrentar los inconvenientes cotidianos. Pero quien hoy lo encabeza tiene otros planes más ambiciosos que no siempre se compaginan con dichas necesidades efímeras y terrenales.

Es cierto que el actual gobierno se parece a los anteriores en vicios y fallas, pero es distinto en los objetivos. No es lo mismo tener como prioridad resolver problemas para mejorar las condiciones económicas y sociales del país que pretender ser, en sí, el acontecimiento histórico que marque un antes y un después en el devenir de la República.

Si en algo no nos ha mentido Andrés Manuel López Obrador es que quiere encabezar una “revolución pacífica” a la altura de los tres grandes hitos de la historia oficial que se acuñaron en el México posrevolucionario. Su empeño está centrado en forjar su propia biografía.

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En las revoluciones, el grupo victorioso asume el poder, establece sus reglas, margina a los representantes del “viejo orden” e impone el culto al nuevo grupo gobernante, empezando por el del gran líder. Muy diferente a los cambios de gobierno en democracia, que nunca son definitivos y en donde los derrotados de hoy podrán ser los victoriosos del mañana. Esa posibilidad que tuvo López Obrador de retornar como opositor a la siguiente elección y ganar la Presidencia es la que hoy está en riesgo.

El cambio de era que presumen los nuevos empoderados es de ruptura con la transición que abrió paso a las alternancias, buscando retornar a un régimen centralizado y vertical comandado por el caudillo que necesita prevalecer indefinidamente para garantizarse la inmortalidad heroica que sueña para sí. La historia, sobre todo la de bronce, la escriben los ganadores.

Los cambios revolucionarios implican grandes sacrificios. La Independencia, La Reforma y la Revolución fueron episodios cruentos con indeterminadas víctimas. ¿Quién se detiene a pensar en los muertos, el dolor, la cantidad de huérfanos, la caída económica o los abusos, cuando se hace historia a esos niveles? La idea del país prometido lo justifica y redime todo, aunque prevalezca la injusticia, la corrupción, los privilegios y todo aquello contra lo que decían pelear. Si para concentrar el poder en las manos de los redentores de la cuarta transformación se genera más pobreza, desempleo y desigualdad y se producen muchas muertes evitables, serán los daños colaterales de la grandeza anhelada, el doloroso, pero ineludible costo para que el guía del pueblo pueda entrar al panteón de los próceres de la patria.

Eso explica que el plan de vacunación rompa patrones y comience por las zonas más apartadas, donde hay menos contagios. Recurren a la ideología para tener el pretexto de inmunizar a su verdadera prioridad: los operadores electorales del régimen que servirán de brigadistas. La revolución requiere de la derrota total de los reaccionarios, es decir, de quienes discrepan de ese proyecto megalómano de dudosa viabilidad, lo que hoy pasa por las urnas.

Ahí está la respuesta de por qué López Obrador no varía ni ajusta la ruta, a pesar de las ingentes vicisitudes. El plan es hacerse de todo el poder y de eso depende lo demás. Lograr tamaña protestad, como enseñó Maquiavelo, es, finalmente, un asunto de fuerza. Las revoluciones triunfan con las armas y en ellas se sostienen. Aquí llegaron con votos, pero vaya que han consentido a quienes ostentan el poder militar. Saquen sus conclusiones.

 


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