No cerremos los ojos

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Dedicarse a la política de tiempo completo, es fascinante, y los médicos, abogados, ingenieros, verbi gratia, apasionados de sus profesiones, deben pensar exactamente lo mismo. El común denominador es que para ejercer cualquiera de estas disciplinas hay que tener vocación. Porque es esta la que hace la diferencia. La política misma y la comunidad, como dice don Rafael Solaz Peñaloza, lo agradecerán.

La corrupción ha demeritado una profesión tan digna como es la política y, sobre todo, con la que se puede generar tanto bien y a tantos, a niveles en que el rechazo se convierte en repulsa. La radiografía es estremecedora, salpica -como es de todos sabido- al propio titular del Poder Ejecutivo, recuérdese la “casita blanca” y, lo más deleznable, el encargado de investigar ya declaró que no hay irregularidad alguna.

Y la tragedia de Ayotzinapa. Es de tal proporciones el batidillo, que llegar a la verdad está más lejos que la distancia de la Tierra a Júpiter. Y así podríamos hacer listado, porque tristemente se da en todos los espacios del ejercicio del poder público.

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Las élites que gobiernan, infortunadamente, no son ejemplo de probidad a seguir, sino de podredumbre moral y ética, y esta forma de gobernar ha ido decepcionando a una sociedad, de suyo tan desinteresada del quehacer público.

Esta ausencia de faro moral, sumada al individualismo y materialismo in crescendo, están alimentando con largueza a la indiferencia y a una bruja artera que es la mezquindad. Pareciera que la codicia y el egoísmo le están ganando la partida a la generosidad.

Desde esta perspectiva, ¿cómo puede darse una vinculación entre los valores de la población y los que exhibe la clase gobernante? ¿Puede alguien creer que esta “casta” puede generar la finalidad toral del Estado, concebido este como hecho político, que es el bien común?

Abraham Lincoln, cuando aún no era Presidente de Estados Unidos, decía con claridad meridiana: “El objetivo legítimo del gobierno es realizar para una comunidad labores que esta necesita, pero cuyos miembros, por sí solos, no pueden llevar a cabo, o al menos no pueden hacerlas igual de bien”.

Pero hay tanto cinismo y sospecha de por medio, que han hecho trizas la confianza y la credibilidad ¿Cómo creer en ellos? Su comportamiento huérfano de ética – aunque suene a disco rayado – dejaba mucho, pero mucho, que desear. La opinión pública sobre los gobernantes está manchada de escándalos de soborno, de moches, de mentiras, de actuaciones a medias, de simulaciones de cumplimientos, de compromisos que solo se hicieron de lengua o por escrito, pero a la hora de ejecutarlos, exhiben la impudicia. Se explica entonces como se ahonda la distancia entre representantes y representados. Y aumenta el número de políticos fríos, ajenos a la realidad que los rodea y por ende incapaces de solventar los problemas que agobian a la población.

Por ello insisto en que la política debe adecentarse. Los políticos deben adecentarla con su actuación, deben ocuparse en el desempeño de sus funciones de devolverle al servicio público su esencia, porque estamos alimentando un disgusto social que puede ser de proporciones devastadoras en un País en el que la brecha entre los que tienen y los que no tienen se agiganta.

Y en el que la falta de sensibilidad de un gobierno empeñado en no entender que México es un país distinto al que gobernaron durante 70 años, y ya no aplican sus políticas autoritarias, forjadas desde la unilateralidad de su visión de partido hegemónico, de la que no ha querido desprenderse, está dañando gravemente al País.

Con propaganda pagada millonariamente pretende ocultar la administración peñista su debilidad como gobierno, su falta de oferta política y democrática. Con leyes hechas a modo no es factible que México se desarrolle; es muy difícil generar empleos; con actuaciones opacas no se puede generar confianza.

El gobierno peñista está mostrando signos inequívocos de la decadencia de un régimen, de los que me ocuparé en otras reflexiones. Cierro las de esta entrega, haciendo un llamado a nuestra conciencia y a nuestra responsabilidad como mexicanos, como dueños de la casa.


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