Niveles de incompetencia

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Nos regodeamos en el discurso del autoelogio, y la fuga de la realidad es palpable.

La realidad es sicópata: jamás se compadece de sus víctimas.
Hace trampa al jugar con la esperanza.
José Emilio Pacheco.

No sé por qué los gobernantes de la Ciudad de México se preocupan por la contaminación ambiental. Bastaría consignar en uno de los artículos de la nueva Constitución la prohibición, rigurosa y contundente, de ese mal. Conforme acostumbran, con esa apariencia de solución, se podría dar por concluido el problema. De hecho, ya el artículo cuarto de nuestra Carta Magna consigna: “Toda persona tiene derecho a un medio ambiente sano para su desarrollo y bienestar. El Estado garantizará el respeto a este derecho”.

Éste es un ejemplo de la grave situación de nuestro país. Cada día se da un nuevo escándalo y la respuesta ni remotamente se aproxima a la solución del problema. Hay una discordancia grave entre lo que las autoridades hacen y la realidad. Parafraseando a García Márquez, son crónicas de crisis anunciadas, pronosticadas desde hace varios lustros y consecuencia de la falta de previsión.

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En 1964, Gustavo Díaz Ordaz designó a Jesús Reyes Heroles director general de Petróleos Mexicanos. Según relata su hijo Federico, ante las objeciones de don Jesús por su ignorancia en materia de petróleo, el entonces presidente electo argumentó su honradez ante los signos de grave corrupción en la empresa. Hoy, Pemex es una empresa sin remedio. La inversión pública ahora será sustituida, en el marco de la Reforma Energética, por la inversión privada. Desafortunadamente, hubo quienes se opusieron a ella cuando el precio del barril rondaba los cien dólares.

Trece entidades tendrán elecciones en junio, con pronósticos de una lucha descarnada por el poder. El factor económico y la intromisión del gobierno —inclusive en la vida interna de los partidos— es inadmisible. Casi todos los candidatos exponen como su principal promesa procesar penalmente a los actuales gobernantes.

Surgen noticias sobre posibles espionajes en las campañas presidenciales de 2012 y el señalamiento de millonarias inversiones de la empresa Higa en el extranjero, mientras el Poder Legislativo sigue entrampado en la aprobación del Sistema Nacional Anticorrupción.

En materia económica se informa de un nuevo recorte para el próximo año y las informaciones son contradictorias en relación con el desempeño de la economía. Aunque desde el gobierno se quiere transmitir una imagen de control, en la ciudadanía hay una enorme desconfianza.

En fin, podríamos continuar con las cifras en materia de inseguridad y con los escasos avances en Reforma Educativa.

La conclusión es evidente: la clase política mexicana ha llegado a su nivel de incompetencia. Hay un mal diseño institucional y el presidencialismo que caracterizó al viejo PRI es disfuncional en las circunstancias actuales.

Lo he venido señalando en colaboraciones anteriores. Hemos perdido nuestra capacidad de autocrítica. Nos regodeamos en el discurso del autoelogio, y la fuga de la realidad es palpable. Son verdaderamente pueriles los argumentos para justificar los viajes del Presidente al extranjero. Los problemas son de aquí y de ahora. El signo principal de nuestra crisis es el altísimo grado de incertidumbre sobre el corto plazo.

Frente a otras crisis de nuestra historia, la actual se distingue por ser global y en todos los aspectos, lo cual es evidente en el deterioro de la gobernabilidad y el incremento de la violencia. El momento exige la mayor responsabilidad para reconocer y atacar los males. No podemos seguir siendo recurrentes en no hacer caso de voces de alarma para incurrir una y otra vez en crisis anunciadas.

El problema es político y eso implica todo, empezando por abatir su grave desprestigio.


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