Nada es para siempre

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El ser humano es cambiante, evolutivo, voluble. Cada uno es diferente, con personalidad, valores, atributos y creencias propias. El gobierno de una sociedad exige que la comunidad comprenda que los seres humanos son falibles, imperfectos y sujetos de caer en las tentaciones debido a la ambición, el egocentrismo, la vanidad, el poder, el dinero o las necesidades personales. Quizá por ello, se ha entendido que los grupos sociales necesitan quien los dirija, quien encabece los esfuerzos, quien coordine y quien ejerza el liderazgo. También se sabe que hay que acotar el poder del líder, que hay que supervisarlo, que hay que evaluarlo, que hay que complementarlo, o corregirlo, o impedir que se salga con la suya en cada proyecto y que imponga su voluntad personal por encima de los beneficios del colectivo.

Por eso y muchas otras razones, las reglas para quien gobierne deben de ser claras y delimitar lo que pueden hacer y lo que no, así como hasta dónde llega su poder, que es amplio pero temporal. Uno de los más grandes aciertos como nación, un gran logro social obtenido incluso por quienes nada hicieron para merecerlo, es una Constitución Política, la de México, que estipula tanto garantías individuales como derechos sociales, contenidos en un cuerpo dividido en dos particiones: una dogmática, que abarca los primeros 38 artículos y establece los derechos humanos y obligaciones de los ciudadanos; y otra orgánica, que abarca los 98 artículos restantes y estipula la organización de los poderes públicos del Estado.

En tiempos de turbulencia política, originados por los intentos de regresión al presidencialismo a ultranza, al centralismo político, al gobierno autoritario y a la autoridad de un solo hombre, vale la pena recordar que el poder detentado por el presidente de México, emanado de la voluntad popular, tiene fecha de terminación legal, lo cual sucederá dentro de 881 días. Habiendo consumido ya la mayor parte de su mandato, la gestión de López Obrador intenta alargar su influencia en la gestión pública, retener el poder y transmitirlo a una persona afín al deseo y la guía de 1 sólo hombre, más no de las necesidades, anhelos y beneficios de la sociedad en general. Este sexenio México registra división social, polarización y tensión de tal magnitud que podrían compararse al ambiente pre revolucionario en 1910 y peor aún: podrían significar el despertar violento de los mexicanos, irrespetando a la ley, siguiendo dogmas fanáticos y sin calcular las consecuencias que habrían de afectarnos negativamente a todos.

Por eso y muchos motivos más, la discusión de la Reforma Electoral del presidente es un frente de alto riesgo para la estabilidad nacional. Desaparecer al INE, volver a darle el poder al gobierno en turno de calificar las futuras elecciones, otorgarle un excesivo poder al presidente – a este o a cualquier otro- es un peligro. Es lógico, entendible y razonable que la legislación electoral requiere ajustes, como cualquier otro cuerpo de ley. Es falso que el INE actualmente sea un jugador antidemocrático. Es cierto que 2 consejeros ciudadanos, emblema del actual INE terminan el año que entra su periodo para el que fueron nombrados, Córdoba y Murayama. Es Cierto que el INE es un órgano ciudadano. Es falso que la reforma propuesta abarate la democracia. Por ello, esa reforma perversa no debe pasar. #ReformaElectoralNoVa

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