México en la piel

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Septiembre es el mes patrio, que nos motiva el recuerdo del legado histórico, que despierta el sentimiento de identidad, que provoca muestras de orgullo nacional y que da motivo a la fiesta mexicana. La idiosincrasia nacional aflora en manifestaciones de cultura alegres, populares, muy extendidas, con acentos regionales en cada rincón de la patria.

Evoco a Octavio Paz por el impacto de su claridad de ideas: “El solitario mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual. Y esta tendencia beneficia a nuestra imaginación tanto como a nuestra sensibilidad, siempre afinadas y despiertas. El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros. En pocos lugares del mundo se puede vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México, con sus colores violentos, agrios y puros y sus danzas, ceremonias, fuegos de artificio, trajes insólitos y la inagotable cascada de sorpresas de los frutos, dulces y objetos que se venden esos días en plazas y mercados”.

Los mexicanos, necesitados de razones más que de pretextos para celebrar, esperamos con ansías a que lleguen los días de fiesta. Buscamos motivos para mostrar felicidad, aunque las carencias y los problemas nos agobien.  Cito de nuevo a Octavio Paz “nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Los países ricos pocas: no hay tiempo, ni humor. Y no son necesarias; las gentes tienen otras cosas que hacer y cuando se divierten lo hacen en grupos pequeños. Las masas modernas son aglomeraciones de solitarios. En las grandes ocasiones, en París o en Nueva York, cuando el público se congrega en plazas o estadios, es notable la ausencia de pueblo: se ven parejas y grupos, nunca una comunidad viva en donde la persona humana se disuelve y rescata simultáneamente. Pero un pobre mexicano, ¿cómo podría vivir sin esa dos o tres fiestas anuales que lo compensan de su estrechez y de su miseria? Las fiestas son nuestro único lujo; ellas substituyen, acaso con ventaja, al teatro y a las vacaciones, el weekend y el cocktail party de los sajones, a las recepciones de la burguesía y al café de los mediterráneos”.

En septiembre nos sentimos mexicanos, asumimos la grandeza de nuestros ancestros, nos sometemos a los símbolos y nos reagrupamos socialmente en torno a la unidad nacional, a la bandera, a nuestro himno nacional y a los héroes que nos dieron patria. Pocas naciones como México poseen historia, cultura, folclore, artes y costumbres tan ricas y bien preservadas. 212 años después del grito de la independencia, el  relato popular sigue siendo ganador, sigue siendo festivo y sigue transmitiéndose a las nuevas generaciones de manera vivencial. Todo ello es muy bueno, superior, aunque la reflexión fina obliga a disfrutar del momento e inmediatamente después recuperar la mente para comprender que la gloria pasada no equivale al momento histórico actual. Ahora no estamos construyendo los festejos de las generaciones venideras. Hoy el conflicto entre el estatismo populista, el presidencialismo autoritario y el engaño vil, perverso, anti ético e innombrable al que se somete al pueblo de México, desperdicia oportunidades de recuperar grandeza, de consolidar principios republicanos, de honrar la sangre de nuestros héroes y de construir un mejor futuro para los mexicanos venideros. No hay que cambiar al pasado. Hay que redefinir el presente y retomar el rumbo. Hay mucho por hacer, el tiempo es ya.

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