Liderazgos latinoamericanos

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La política ha dejado de ser lo que era y resulta necesario generar características más nítidas de los hombres en el poder. Son nuevos tiempos y nuevos retos para las generaciones actuales.

La explicación del milagro chileno es la madurez de su clase política.
José Miguel Insulza.

Escribir sobre los dictadores latinoamericanos se convirtió en una corriente literaria, proyectando a tres autores al Premio Nobel: Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Quedan pendientes obras sobre líderes de esta región cuyo desempeño fue benéfico: Raúl Alfonsín en Argentina, Fernando Henrique Cardoso en Brasil, Rómulo Betancourt en Venezuela, Alan García en su segundo periodo en Perú, Óscar Arias en Costa Rica.

Hace unos días falleció Patricio Aylwin, primer presidente después de la dictadura en Chile. En una conferencia, me impresionó lo que identifico como características de un buen líder: sencillez, amabilidad, risa sincera y cautivadora, oratoria sin aspavientos, sólida cultura política, claras ideas para ejercer el poder y firme rechazo al encasillamiento ideológico. Logró concertar a 16 partidos para triunfar con el “Plebiscito del No” y obligar a una convocatoria para nuevas elecciones. En Los días del arcoíris, Antonio Skármeta relata cómo Aylwin logró una campaña que no hurgara en el resentimiento, sino que apelara a la acción en torno a un futuro prometedor que fortaleciera el Estado de derecho. Le tocó gobernar en situaciones adversas. A pesar de tener a Pinochet como jefe de las fuerzas armadas y de algunas limitaciones establecidas por el periodo del autoritarismo, reconstruyó la democracia. Para ello se orientó por tres principios: “Toda la verdad que aflore, toda la justicia que sea posible, hagamos un ejercicio de reconciliación”.

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Sin duda, Aylwin asimiló y asumió el cumplimiento de deberes con un fervoroso amor por su patria. Creó la Comisión de la Verdad al arribar al poder y todo su gobierno puede definirse con una frase de Skármeta: “La ética consiste en qué hacer con el ser”.

En Chile se han sucedido varios gobiernos, conociendo la alternancia y dándole continuidad a las políticas públicas que funcionan. Entró en un círculo virtuoso y ha tenido buenos gobernantes, incluida Michelle Bachelet, quien enfrentó y resolvió con enorme entereza las imputaciones de corrupción.

América Latina se mueve, desde Guatemala hasta Argentina. En nuestro caso, a pesar del lema presidencial “Mover a México”, nos hemos atascado. Estoy convencido de que si hubiera voluntad política, la normatividad vigente sería suficiente para atacar la corrupción y disminuir la impunidad.

Esto es lo que ha provocado una profunda irritación en la ciudadanía. Las innumerables denuncias, los escandalosos eventos, las deprimidas finanzas de muchas entidades, sin que haya consecuencia alguna. Los “papeles de Panamá” han tenido repercusiones en muchos países, con excepción del nuestro. Sigue siendo vigente la frase de Porfirio Díaz, a más de 100 años de su muerte: “En México no pasa nada y, cuando pasa, no pasa nada”.

Muchos pensadores hablan ya del “posmexicanismo” y de la “desmodernización” como consecuencia de la globalización. Relevantes filósofos insisten en la “cultura líquida”, en la política en tiempos de indignación, del fin del poder o de gobernar el vacío. El régimen parlamentario cruje en España y el presidencial se ve amenazado en Estados Unidos.

La política ha dejado de ser lo que era y resulta necesario generar características más nítidas de los hombres en el poder. Son nuevos tiempos y nuevos retos para las generaciones actuales. Se requiere de una nueva actitud y un nuevo discurso, más específico, menos abstracto, más sencillo y, sobre todo, con un gran sentido del pudor para darle de nuevo credibilidad a la palabra.

 


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