La piratería no se combate solo con operativos. Se alimenta de la desigualdad. Esa es la lección que el Mundial de Fútbol 2026 vuelve a poner sobre la mesa en México, donde la distancia entre el precio de una playera oficial de la Selección Nacional y el poder adquisitivo de millones de aficionados convierte al comercio informal en la única opción real para quienes quieren vestir los colores del Tri.
La versión aficionado de la playera oficial de México, confeccionada por Adidas, tiene un precio de mil 999 pesos; la versión jugador sube a 2 mil 999, y la de manga larga a 3 mil 199 pesos. En contraste, el salario mínimo vigente desde el 1 de enero de 2026 es de 315.04 pesos diarios, equivalente a 9 mil 582 pesos mensuales. La aritmética es implacable: adquirir la versión más económica de la playera oficial implica destinar entre el 20 y el 33 por ciento del ingreso mensual de un trabajador que gana el mínimo. En la práctica, representa varios días de trabajo para un bien que el mercado presenta como símbolo de identidad nacional.
Ante esa brecha, el comercio informal ofrece su propia respuesta. En lugares como Tepito, las réplicas de la camiseta del Tri se consiguen desde 150 pesos, mientras que las versiones consideradas «premium» dentro del propio mercado informal alcanzan los 300 pesos. Diez veces menos que la original. Para millones de familias mexicanas, no es una cuestión de preferir lo ilegal, sino de ajustarse a una realidad económica que la industria oficial se niega a reconocer.
Las autoridades han respondido con operativos. El Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial informó que en Tepito se aseguraron más de 81 mil piezas valuadas en aproximadamente 15 millones de pesos, además de 25 toneladas de mercancía decomisada. Un operativo posterior en el Centro Histórico de la Ciudad de México arrojó 19 mil 591 productos apócrifos de origen asiático de marcas como FIFA, Adidas, Nike y Puma, con un valor comercial aproximado de 6 millones 315 mil pesos. Sin embargo, días después de cada intervención, los locales comerciales volvían a ofrecer playeras clonadas, con vendedores que reconocían el riesgo pero señalaban que la demanda no cede.
El debate tiene múltiples lecturas. Para la FIFA y Adidas, la piratería representa pérdidas económicas, evasión fiscal y un daño a los derechos de propiedad intelectual que ambas organizaciones han registrado y blindado legalmente. La FIFA registró ante el IMPI un total de 344 marcas relacionadas con el Mundial, y reportó una disminución estimada del 8% en la venta de productos oficiales atribuida al mercado informal.
Para los aficionados de menores ingresos, el argumento es distinto: el fútbol se vende como una fiesta popular, pero sus productos se diseñan para quienes pueden pagarlos. La contradicción es difícil de ignorar cuando la playera que supuestamente representa a toda una nación es inaccesible para la mayoría de los mexicanos que la conforman.
Para miles de mexicanos, Tepito es uno de los pocos puntos de abastecimiento que se ajusta a la realidad económica del ciudadano común. Los aficionados compran más o menos conscientes del origen de los productos, pero sin otra opción ante los elevados precios que les impiden adquirir jerseys oficiales.
La paradoja es estructural: el Estado despliega recursos para proteger las marcas de organismos internacionales con ingresos multimillonarios, mientras que los consumidores que recurren a la piratería no son delincuentes por vocación, sino ciudadanos que no tienen alternativa. Combatir la piratería sin atacar la raíz —precios que excluyen a la mayoría— es perseguir el síntoma e ignorar la enfermedad.


















