La izquierda falaz

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El desafío mayor de nuestra democracia consiste en darle bases doctrinarias a la contienda política y enaltecer las ideas en el debate hacia el 2018.

Todas las revoluciones fracasan,  pero entre tanto producen unos momentos muy padres.
Carlos Fuentes.

Mucho se ha escrito sobre las insensateces de los hombres en el poder. La más reciente, la del Reino Unido, es prueba evidente de que, a pesar de los avances de la humanidad, no desaparece el riesgo de desviaciones. Grave es la actitud de los líderes que impulsaron esa decisión y ahora se desentienden de su responsabilidad.

Historia similar ha sido la de la izquierda en América Latina. Al leer la última obra de Carlos Fuentes recordé la Historia de Mayta de Mario Vargas Llosa, en la que expresa dos ideas:

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1) Creer que con violencia se mejoraría la situación política de nuestros países, “esta ilusión hizo correr ríos de sangre, desaparecer a muchos jóvenes generosos, entronizó dictaduras militares sangrientas y, a fin de cuentas, retrasó 20 años la democratización de Hispanoamérica.

2) “No un suicida, sino un suicidario, alguien que le gusta matarse a poquitos”.

Eso ha sido la izquierda, defensora de los derechos del individuo frente al Estado e identificada con una actitud permanente de cambio y de reformas. En sus afanes de igualdad, defendió el intervencionismo estatal como la mejor forma de distribuir la riqueza. A la caída del Muro de Berlín su crisis se ha profundizado. Critica políticas públicas a las que considera neoliberales sin proponer nada a cambio.

¿Qué es la izquierda mexicana? Si alguien me responde que es Morena, le refutaría que su líder, Andrés Manuel López Obrador, tiene de izquierda lo que yo tengo de astronauta. Lo sucedido en el PRD es aún más lamentable. La renuncia de Agustín Basave, intelectual serio y hombre íntegro, fue el último intento por darle sustento doctrinario a la socialdemocracia.

Nadie se puede alegrar de este escenario.

El desafío mayor de nuestra democracia consiste en darle bases doctrinarias a la contienda política y enaltecer las ideas en el debate hacia el 2018. Muchos autores señalan que en el siglo XXI ya no servirán las herramientas ideológicas predominantes en el siglo de la Ilustración (XIX) y en el del Nacionalismo Revolucionario (XX). El sustento principal para juzgar al Estado es su eficiencia, la calidad y los resultados de cada política pública.

Los líderes exitosos basan su desempeño en la austeridad y la sobriedad del ejercicio del poder. El enemigo a vencer es la demagogia, el populismo, que con la mayor simpleza se podría definir como irresponsabilidad en la conformación de propuestas, además del ejemplo de la honradez y la congruencia.

¿Quiénes son los hombres valiosos de nuestra realidad latinoamericana? Corresponden a un perfil claramente definido, personalidades discretas, sin afanes protagónicos, conscientes de sus responsabilidades y que supieron integrar equipos útiles.

México requiere con urgencia de un balance riguroso que le dé a la política seriedad y compromiso y que logre reconciliar lo más urgente, la ciudadanía con la política. Retornar al sentido común, al trato amable y afable al gobernado y predicar con el ejemplo mediante una vida digna de ser imitada.

No nos extraviemos una vez más escuchando propuestas mágicas. Precisemos lo que funciona y corrijamos lo que ha fallado.

En su obra póstuma, Fuentes escribe: “La bestia la tenemos acá adentro desde hace quinientos años”. Entendernos es el desiderátum de hoy en día. Si algo nos deja eso que se llama izquierda, es que el maximalismo sólo conduce a la frustración y al vacío. Nuestro siglo ya no será el de la ideologización, eso se puede percibir desde España hasta Estados Unidos. El reto es más elemental: derrotar a quien miente.

 


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