La hora de las complacencias

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El pasado jueves 27 de mayo, el Congreso de la CDMX vivió uno de los capítulos más vergonzantes de su historia, y vaya que han sido varios.

Aquel día se discutió el dictamen de la Ley de Evaluación. Esta ley tendrá —cuando exista— dos objetivos: primero, establecer las bases para que se lleve a cabo la evaluación de la política social, económica, de seguridad, de desarrollo urbano y rural, y ambiental de la Ciudad de México; y segundo, crear el organismo autónomo que realizará tal evaluación.

Por su relevancia, no es un tema menor. Esta ley crea un ente, separado del gobierno en turno, para que, a través de estudios técnicos, entre otros instrumentos, determine si los programas sociales del gobierno de la capital ayudan a combatir la pobreza, si en verdad están enfrentando las invasiones a las áreas de valor ambiental o si, por el contrario, las tolera, sólo por poner algunos ejemplos.

Un ciudadano, en su carácter de integrante de un pueblo originario, pidió que, antes de aprobarse, esta ley se sometiera a consulta de las comunidades originarias de la ciudad, pues considera —y con justa razón— que la manera en que se realizarán tales estudios técnicos de evaluación incidirá en la calidad de vida de estas comunidades. Pero, como es costumbre, la mayoría de Morena en el Congreso votó en contra de realizar la consulta, por lo que continuó la discusión del dictamen.

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Durante la discusión, una diputada de Morena presentó una reserva para modificar la redacción de dos artículos, lo que fue avalado por la mayoría de su partido, y se aprobó en lo general y en lo particular el dictamen. Hasta aquí, nada extraordinario, el partido dominante votando irreflexivamente lo que les mandan desde el gobierno.

La sesión continuó y casi al final, momentos antes de que Patricia Báez, la diputada presidenta de la Mesa Directiva, diera por terminada la reunión, la misma diputada morenista que había reservado dos artículos pidió que se ingresara una fe de erratas para modificar el dictamen previamente aprobado de la Ley de Evaluación, pues se equivocó en los artículos que reservó. La pretensión de la diputada morenista rayó en el colmo de la desfachatez, pues no existe en el procedimiento legislativo algo como una fe de erratas. Sería gravísimo que existiera. Eso generaría una incertidumbre jurídica respecto de cuál es el verdadero texto normativo que aprueba el Congreso. Pero la diputada quiso ponerse el disfraz de mago y sacar un conejo de la chistera para que, por arte de magia, un dictamen ya aprobado se cambiara por el “pequeñito error” de equivocarse en los artículos que ella misma propuso modificar.

Actuando correctamente, la presidenta de la Mesa Directiva se negó a prestarse a semejante ilegalidad, por lo que durante toda una hora los diputados de Morena se dedicaron a gritar, descalificar, ofender, amedrentar e incluso amenazar con quitar del cargo a la diputada Báez, quien nunca cayó en su juego, nunca respondió a las ofensas y, con mucha serenidad, escuchó durante varios minutos cómo una mayoría irreflexiva e iracunda le exigía que violara la ley. Al final, Báez no accedió y concluyó la sesión entre gritos, amenazas y ofensas de un grupo de analfabetas legislativos de Morena.

El ensoberbecimiento del grupo en el poder nos ha llevado a capítulos verdaderamente bochornosos, Cada vez les importa menos guardar las formas y creen que pueden pasar por encima de cualquiera, incluida la ley, si ésta les incomoda para sus intereses. El estilo autoritario y estulto del Presidente de la República lo vemos reproducido en cada espacio que es ocupado por Morena, como atestiguó el Congreso de la CDMX el jueves pasado.


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