La Batalla Cultural que nos invade

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Por: Luis Fernando Bernal

Hace unas semanas en Ontario, Canadá, varios niños, junto con sus maestros, sacaron pilas de libros de sus escuelas y les prendieron fuego. Los libros eran, mayormente, de la historieta Asterix, argumentando que en ella se exaltaba el esclavismo. Hace unas semanas también, la ministra de Igualdad en España condicionaba los votos de su partido para aceptar créditos del Banco Europeo para empresas españolas, a que el criterio principal para dárselo a una empresa fuera el uso de “lenguaje inclusivo” dentro de la misma. En EUA, un desesperado Joseph Biden ve cómo la epidemia no baja a los niveles previstos, debido a que mucha población no ha querido vacunarse. Aun con vacunas de sobra, esto sucede por la contaminación que las posturas políticas e ideológicas han provocado dentro de un proceso que debía ser estrictamente médico y de salud pública.  Florida y Texas, dos de los estados más poblados del país, son un claro ejemplo de ello.

Aquí en México, hemos sido testigos del secuestro de la estatua de Cristóbal Colón por parte del mismo gobierno, sin consultar a nadie, para “descolonizar” el Paseo de la Reforma, según palabras de nuestra gobernante local. Y qué decir de la resolución de la Suprema Corte, donde dice que no se podrá penalizar por abortar a ninguna “persona gestante”, evitando usar los términos “mujer” o “madre” en toda la sentencia. Todo esto nos habla de que ya estamos inmersos en la batalla cultural que se viene desarrollando, de un tiempo para acá, en el mundo occidental.

Esta batalla, lamentablemente, se ha mezclado, además, con la irrupción de la pandemia de Covid-19, provocando esto el surgimiento de visiones apocalípticas. Éstas se han dado en el ámbito religioso, en el político, incluso, en el ámbito científico. En lo político, estas ideas se dan tanto en la derecha como en la izquierda o, mejor dicho, tanto en el conservadurismo como en el progresismo. Si a la confusión que teníamos ya por la batalla cultural le agregamos este sentimiento de “fin del mundo” que permea en varios sectores sociales, la confusión de ideas que vivimos actualmente se hace aún peor. En el ámbito religioso (cristiano), ciertos grupos afirman convencidos la llegada de “el gran aviso”, es decir, un aviso del inminente fin de los tiempos que incluye los cataclismos respectivos a este tipo de profecías. En el ámbito progresista se maneja la idea de “el gran reseteo”, o sea, un gran “reinicio” para la humanidad en el que se destruirá todo lo anterior, valores, ideas, en fin, todo lo que huela a tradición o raíces, para iniciar algo totalmente nuevo.

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En el mundo intelectual, por su parte, vemos con asombro que están surgiendo versiones actualizadas, de lo que antes llamábamos “filósofos de la historia”. Tenemos, por ejemplo, al israelí Yuval Noah Harari (De animales a Dioses) o al coreano Byung-Chul Han (El aroma del tiempo), o al francés Eric Sadin (La silicolonización del Mundo). Lo más curioso es que economistas, analistas políticos, incluso literatos, se animan a entrarle a la filosofía de la historia con el objeto de explicar lo que está sucediendo y especialmente de dilucidar lo que viene. En México tenemos, por ejemplo, a Macario Schettino, quien, desde el liberalismo, de analista económico está intentando erigirse en “filósofo de la historia”. En Sudamérica, está Agustín Laje o el peruano Miklos Lukacs, que también intentan hacerlo, desde una postura conservadora. Todo esto, partiendo de la idea básica y casi unánime, de que en el mundo se está viviendo un cambio substancial; algunos creen que es un cambio de época histórica, otros, más fatalistas, piensan que es el fin de las épocas.

La mayoría de los pensadores coinciden en que la nueva etapa a la que nos enfrentamos implicará un cambio importante en nuestra forma vida, donde el aspecto tecnológico jugará un papel fundamental. Varios concuerdan también en que será una era en donde lo trascendente o, en su caso, la idea de Dios, tratará de ser desterrada. Esto último, desde la perspectiva conservadora, se plantea como una gran amenaza que nos obliga a participar en esta batalla y, desde el progresismo, se ve como parte inevitable de la “nueva normalidad” que viene.

Lo que es indudable es que al mundo lo invade una gran incertidumbre. Pero, más que eso, lo que permea el ambiente es la gran desorientación que padecen las sociedades de Occidente. En el ámbito intelectual, como en cualquier partido o planteamiento político que quiera proponerse en los países occidentales, debe tomarse en cuenta todo esto como punto de partida. Las sociedades de esas naciones sienten que están incursionando en una marea brava, y lo que anhelan es encontrar un faro que las guíe a través de ese mar que, tristemente, presagia una gran tormenta.

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