Juventud, ¿divino tesoro?

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Hoy en día, el desafío para los jóvenes es enfrentarse a una sociedad que en principio los excluye.

Somos muy proclives a las críticas y a las  exigencias; a cuestionar el por qué de la violencia y la pérdida de valores y, hoy en especial, a la pérdida de la paz  en nuestro querido México. Pero jamás nos preguntamos cuál es nuestra participación como ciudadanos en la cotidiana realidad que vivimos y qué es lo que aportamos para que nuestro entorno social esté mejor.

Es cierto que las políticas neoliberales, aplicadas en México en las últimas décadas, han incidido directamente en nuestro actual escenario político, social y económico: acentuando las desventajas sociales y modificando el modo de vivir de nosotros. El resultado, ha sido la exclusión social de nuestros jóvenes, reflejada en deficiencias educativas, desempleo, falta de oportunidades y difícil acceso a derechos fundamentales del ser humano, como la salud física y psicológica.

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Hoy en día el desafío para los jóvenes es enfrentar a una sociedad que, en principio, los excluye, en tanto que el ejemplo de las generaciones que los anteceden es de inconformidad y resentimiento, desánimo y mucha frustración.

Es muy importante ver a la juventud no sólo como un bono poblacional para nuestro país; hay que convertir a los jóvenes en promotores, que participen en la  resolución de la variada problemática a la que se enfrentan en la vida cotidiana. No se vale estigmatizarlos sólo porque creemos que no tienen capacidad de definir qué quieren para su presente y qué visualizan para su futuro. Tenemos que ayudarlos, habilitarlos  para que de meros espectadores pasen a ser protagonistas estratégicos del siglo XXI.

Padres e instituciones educativas, y en general todos los responsables del diseño de políticas sociales y de salud, debieran ser autocríticos con su desempeño ante los jóvenes; preguntarse, por ejemplo, si hoy y en el futuro inmediato, están consideradas las expectativas sociales y motivacionales de la juventud mexicana; si se han vislumbrado los espacios para su participación creativa y productiva en todo aquello que les atañe. Los jóvenes deben saber que hay escenarios dispuestos (y más que dispuestos, garantizados) para ellos, a fin de que puedan ser ciudadanos completos, que expresen sus críticas, propuestas y puntos de vista sobre temas de interés y materialicen iniciativas que consideren prioritarias.

El tema de la ciudadanía, por cierto, parece haberse colocado en los ejes del debate, pero foros van y vienen sin que se llegue a una definición satisfactoria.

Hablar de ciudadanía nos remite a la concepción clásica del sociólogo inglés Thomas H. Marshall, hecha pública en una conferencia que ofreció en 1952 en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, y que ratificó en 1964 en su libro Class, Citizenship and Social Development, en la que dio un nuevo giro semántico al concepto, al situarlo en tres dimensiones: civil, político y social. La civil incluye libertad personal, de palabra, de pensamiento y de culto, el derecho de propiedad y de estipular contratos y el derecho de justicia; la política se refiere a la participación en el ejercicio del poder público; la social tiene amplio rango: derecho al bienestar económico, a la seguridad y a vivir de acuerdo con los estándares prevalecientes en una sociedad.

La juventud es la edad de los ideales, de los sueños. Descubramos en sus ímpetus, en sus reclamos la exigencia legítima, vigorosa y perseverante de un faro de luz que ilumine su derrotero. Los ciudadanos adultos tenemos la maravillosa oportunidad de contribuir como voluntarios desinteresados, de manera honorífica y subsidiaria. Nunca está de más una mano auxiliadora. El gran reto es dotar a ese voluntariado de herramientas profesionales para que su participación tenga calidez y calidad, pero sobre todo eficacia para, en tres palabras, lograr que eso sea la diferencia.

De ahí venimos. Recordemos nostálgicos las primeras palabras de la Canción de Otoño en Primavera, poema del nicaragüense Rubén Darío: Juventud, divino tesoro…


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